El Aprendiz de Brujo

Monkey Island 2 Special Edition

¡¡¡Fail!!! [2]

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Lo que hay que hacer para comer…..

La Buena Educación

“¿Es nuestro universo, en su continua expansión, todo cuanto existe, o es sólo parte de un sistema más vasto todavía, del que nada sabemos?”. Le preguntó, con una sonrisa maquiavélica, Enigma a Batman. “Recuerda que si contestas erróneamente haré volar la escuela por los aires”.

Batman sabía perfectamente lo que tenía que decir en ese momento. No era la primera vez que se encontraba en una situación similar.

“¿Podría usted hacer el favor de no explotar la escuela?, gracias”. Dijo el héroe en tono amistoso. Enigma, totalmente perplejo, guardó el detonador lentamente en su chaqueta, se dio media vuelta y se fue.

Batman era experto en no responder a preguntas incómodas, y además siempre tenía la certeza de que tal y como le habían enseñado de pequeño, con educación se puede conseguir el universo entero.

Asesino a Sueldo

“Siempre he realizado mi trabajo sin ningún remordimiento; me pagan por matar. Desgraciadamente, desde el día que la maté no puedo quitarme sus súplicas de la cabeza por más que lo intento. Es la última vez que acepto un encargo en el que el objetivo sea un ser querido”

Elementos compositivos

“Sin tu presencia mi corazón se convertirá en piedra y lo protegeré en jaula de acero”

“Eres la princesa que sonríe en mis recuerdos”

“Más importante que la justicia lo es el perdón”

“Insignificante como guerrero con coraza ante muralla de piedra”

 ”El último no mira hacia atrás”

“Hoy no tengo ánimos para seguir despierto”

Eres Todo un Lider

Otro Fragmento

La segunda vez que lo hallaron sin vida, Eladio transpiraba los mismos olores a podredumbre que años después habrían de despertar a las gallinas en la última noche de inundaciones. Aunque acudieron cubiertos por un pañuelo tal y como les habían prevenido, cuando abrieron la puerta del calabozo tuvieron que retirarse unos pasos para no respirar la inmundicia que levitaba en la estancia, y a pesar de que el aire estancado se removió por la propia corriente del corredor, todos evitaron entrar hasta las oscuridades que envolvían el cadáver. Mientras regresaban de las entrañas de las mazmorras muchos se preguntaron cómo había podido morir un hombre que recibió tres balazos en los intestinos durante la guerra y que luego fue fusilado a gusto en los espigones del último puerto por un pelotón de soldados sin que consiguieran apenas herirlo. La noticia de la segunda muerte se hizo oficial tan solo dos días después de que Apolonia reconociera al finado en las dependencias del cuartel, antes incluso de que comprobaran el supuesto fallecimiento con el rigor científico del forense que arribó semanas más tarde en el ferrocarril. A pesar de que algunos anunciaron su resurrección para el domingo siguiente a la defunción, la mayoría descubrió luego en los funerales que la mortaja preparada por la anciana Celedonia todavía emanaba el tufo inequívoco de la muerte. Aunque para entonces ya nadie confiaba en que el cuerpo de Eladio sufriera una alteración milagrosa que lo hiciera levantarse de su propia podredumbre, el cadáver quedó descubierto en la tumba del cementerio durante tres días por precaución y aún cuando se procedió a cubrirlo con las arenas excavadas algunos asistieron para comprobar que seguía tan muerto como siempre. Años después, en los anuarios patronales, publicaron que en aquella ocasión Eladio murió de tuberculosis, tal y como venía reflejado en el certificado de defunción que expidió el forense, sin embargo ni los más enfermos del asilo habían olvidado que fue Celedonia quién desmintió las versiones escritas. Entonces, la dueña de la funeraria mantenía la apariencia espectral de una niña momificada en vida de más de noventa años, aunque sus orígenes se remontaban a trescientos años atrás. Muchos de los residentes del asilo que todavía conservaban la memoria intacta recordaban que las arrugas en el rostro desolado de Celedonia eran las mismas y que la mirada seguía sometida al olvido gravitatorio de los años, igual que siempre, igual que cuando eran niños y la contemplaban por primera vez en las mañanas de sol radiante buscando la reverberación de la luz en las calles del mercado y la escuchaban entonar con una voz cacofónica las mismas canciones extrañas de una época que ni siquiera se conocía por los escritos. En las noches pavorosas de verano, cuando sentía resurgir las pocas fuerzas que le quedaban, Celedonia solía sentarse en la poltrona junto al postigo de la casa mientras compadecía ante las horas y contaba a quien quisiera oír las penurias de vivir durante tantos siglos postrada a las inclemencias de unos años que no eran los suyos. En otro tiempo, la mayoría habría pensado que hablaba cosas de loca, pero por entonces sabían de sobra que a Celedonia se la podía considerar la matriarca de todos. Sola, había tenido que soportar el dolor de enterrar a sus hijos, a sus nietos y a sus bisnietos, y sufrir la desgracia de reconocerse inmortal a lo largo de una estirpe de más de trescientos años que se desvaneció en la dispersión inevitable de las generaciones y que acabó por olvidarla en la perpetuidad más anónima. Al contrario de lo que muchos supusieron, Celedonia no se dedicó a amortajar a los muertos por vocación sino por soledad. Pocos la entendieron cuando confesó que amortajar significó la única forma de poder ver a toda su descendencia, y aunque siempre detestó asistir a la pena de los suyos, incluso en los peores años en los que por las noches creía oír las oraciones de su propio funeral, fue un alivio inesperado poder disfrutar de unas horas en la funeraria para despedirse de cada uno en la más absoluta intimidad. A menudo, cuando todavía guardaba el sentimiento matriarcal de juventud, la sorprendían llorando por los rincones más olvidados con un llanto de deshielo que aterraba, hasta los últimos años en que descubrió que de tanto llorar se había quedado recluida en las oscuridades feudales de una ceguera que ya nunca habría de dejarla percibir la luz.