Fragmento de los Últimos Escritos

Antes de que la tía Micaela anunciara por telegrama la intención de trasladarse a sus antiguos aposentos, muchos creían que llevaba muerta casi tantos años como su hermano perdido en los canchales inventados por Apolonia. Bajo una llovizna punzante de arcilla la vieron llegar varios días después de lo esperado, tan mastodóntica como la recordaban y aún más inhábil de lo que acaso hubiesen imaginado, incapaz incluso de moverse siquiera para cubrirse del agua que se precipitaba sobre ella. Los pocos que no la conocían de las anteriores visitas se sorprendieron en cambio al hallarla  postrada sobre el jergón de la cama colonial que utilizaron para la mudanza, con el cuerpo puesto en rebeldía hasta la hazaña de desparramarse por los bordes como un volumen licuado.

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