El Mandato

Pocos recordaban apenas el frío antártico de la mañana del martes en que descendieron del ferrocarril el alcalde de la dictadura Prudencio y su esposa Micaela. Muchos tampoco recordaban el remolino que se adueñó del lugar, ni el tropel de personas que hicieron falta para trasladar la inmensidad de bultos, cajas y bártulos de una mudanza desorbitada hasta en la cantidad de cosas pequeñas que surgieron por los rincones días después de haber pasado, y ni siquiera recordaban el propio carnaval de enseres desproporcionados, ni los grandes arcones de la abuela tallados con las iniciales de la familia, ni los baúles satinados repletos de ropajes y de vajillas de porcelana asiática traídos de los interminables viajes, ni las fieras enjauladas de los circos del este, ni los tres pianos de cola desafinados que fueron donados por los tres hermanos, ni los cristales irrompibles de bohemia, ni nada de lo que acompañó al automóvil celestial que los llevó a través del borboriteo y que tronó luego en la plaza consistorial igual que un terremoto de verano. El padre don Luis Alarcón estaba allí, y aguantó estoico los resoplidos del aire glacial en la cara macerada sin moverse durante dos horas hasta que el alcalde Prudencio se le acercó de entre la muchedumbre para estrecharle la mano, y tras resucitar del hielo, como si los días no hubiesen pasado desde que se vieron en el invierno anterior bajo los arcos de piedra de la casa parroquial, rieron al unísono y se dijeron algunas palabras que el jolgorio de la plaza tragó. Fue entonces cuando el coronel Juan Pedro Ribalta dio la orden al director de la banda con un leve giro de cabeza y el himno del régimen ensayado durante las últimas semanas de enero arrancó destemplado, igual que una tos diluida en el murmullo, y descubrieron banderas que ondearon al viento de acero y el lugar se inundó de confeti y serpentines y de olores a azafrán, y trajeron vinos avinagrados de la anterior cosecha porque no habían otros y una docena de soldados disparó en varias ocasiones desde lo alto de los tejados hacia el cielo la munición que sobró de la guerra, y luego el boticario, levantando su copa como si ya estuviera borracho, dijo un discurso en voz alta al que nadie prestó atención, y hubo más disparos, y trajeron canastos de pita repletos de frutas maduras y abrigos de pieles y regalos de plata, y algunos presos fueron indultados para la ocasión mientras el alcalde se lavaba las manos en una jofaina llena de agua caliente, y le obsequiaron con dos mastines de caza y una escopeta de cañones paralelos, y con una cesta de liebres y otra de perdices, y le fueron presentadas las familias más importantes del lugar, y luego un coro de niños se dispuso en las escalinatas de piedra que subían a la iglesia y cantaron en tanto que al alcalde le ponían un tafetán azul y blanco, y después, con una emoción visible en el rostro, se le vio sonreír y besar a todos y cada uno de los componentes del grupo, y cuando el festejo pareció terminar en una cortina de aplausos, se llevaron a Prudencio y a su esposa Micaela por los callejones contiguos hasta su nuevo caserón, el más grande del pueblo, y allí los entretuvieron con historias de guerra y de héroes patrióticos mientras un pelotón de desconocidos apilaba todo el carnaval de enseres que trajeron junto a las puertas de entrada. Mucho antes de mostrarles la casa en sus adentros, casi en el mismo momento en que bajaron del ferrocarril en la estación, el coronel Juan Pedro Ribalta se convenció de que haría falta otra casa dos veces más grande sólo para albergar la mitad de los trastos, y se convenció también de que en los años que se avecinaban, no iba a ser ni el padre don Luis Alarcón, ni Prudencio, y ni siquiera él mismo quien mandara sobre aquel pueblo, sino la mujer que vio salir de las entrañas del caserón desenredándose el velo de sombras con una autoridad dolorosa.

— Esta casa no me sirve –dijo Micaela-. Consíganme otra.

Después de que una comitiva de entendidos recorriera todos los rincones buscando el lugar idóneo para levantar la casa más grande que nadie imaginó jamás, concluyeron que el mejor sitio era junto a la iglesia, así que se ordenó talar el campo de almendros y labrar las tierras para sacar antiguos mojones y raíces, y en menos de un mes se alzaron unos muros de un metro de espesor sobre los cimientos de roca y se levantaron tres plantas y se revocó las paredes por encima del zócalo de mampostería, y los tejados se cubrieron con tejas de arcilla cocida y llamaron al herrero del pueblo vecino para que contorneara los enrejados de los balcones y los ventanales bajos, y con poleas subieron los vigas de madera tallada, y los mejores albañiles convivieron un año completo para terminar la casa con aires de palacio, y el día en que la acabaron mudaron el carnaval de enseres a sus adentros con toda la prisa del mundo para que el alcalde y su mujer no desesperaran de esperar, y cuando pisaron por primera vez el recibidor de entrada la banda de música comenzó a tocar, y Micaela se perdió por las estancias gubernamentales y luego por las habitaciones de los niños que nunca habrían de servir sino para visitas contadas y también por los seis baños con bañeras de mármol y tinajas cerámicas, y cuando la recorrió del derecho y del revés, de izquierdas a derechas y de arriba abajo, le vino un temblor en las piernas y sintió flaquear, y se sentó en la mecedora de ébano del salón y un estremecimiento le galopó el interior de la caja torácica hasta asustarla. Esa misma noche en la infinitud de una cama nupcial de colchones de algodón, no consiguió dormir, y tampoco la noche siguiente, ni siquiera la siguiente, y apenas la otra, y entonces supo que solo había algo que podía aterrarla de esa manera: la cercanía de los muertos. Con la determinación visceral que siempre la caracterizó, antes de ordenar desmantelar el cementerio del pueblo para ubicarlo en una zona más alejada, Micaela acompañó a los encargados a realizar la medición de la distancia que lo separaba del nuevo caserón que construyeron para ellos, y corroboró sin error ni duda que era inferior a la que sus miedos permitían, tal y como ella había imaginado. La decisión se tomó días después. Cien personas cavaron durante más de ocho meses sin descanso mientras exhumaban tumbas, nichos y panteones de ricos, y a todos y cada uno de los huesos que hallaron les dieron sepultura en el nuevo cementerio, en el interior de una colmena de concavidades diminutas. Al propio Prudencio se le oyó decir años más tarde que distanciar el silencio del cementerio alivió los sueños de su mujer, que desde que arribaron al caserón la pobre no pudo dormir apenas, que las noches se le revelaban inhóspitas y sentía un regusto de amargor que le ascendía por el esófago hasta el alma y que la impedía estar en paz. Por eso tuvo que ordenar demoler el cementerio y trasladarlo lejos, al otro lado de la colina, para que Micaela pudiera dormir sumida en una subconciencia transitoria, sin remordimientos, apartada de la agitación de los muertos desvelados y de los llantos que olían a soledad. Pero aún después de concluir los remates de obra, en las noches soporíferas de aquel mismo verano, la mujer del alcalde todavía se sintió turbada. Se despertaba empapada en sudor, con las palpitaciones del corazón trotándole el pecho, y envuelta en un olvido tangible que la acompañaba el resto del día. Tanto ella como su marido Prudencio, alterado por los males de su esposa, buscaron desde entonces la razón que la mantuvo unida con el otro mundo, la buscaron en tantos lugares y en tantas conversaciones que cuando oyeron por segunda vez las historias de guerra del coronel Juan Pedro Ribalta en las postrimerías de su vejez, ambos cayeron en la cuenta de que existía otro cementerio furtivo, aún más cercano que el primero si cabía, uno que se mantuvo enterrado en la memoria desde que la guerra acabó, y que emanaba cadáveres de fusilados y despeñados en pozos vacíos, y quién sabía qué más clase de torturados sin nombre. Durante los últimos años del coronel, mientras purgaba sus pecados postrado en un somier de resortes, Prudencio preguntó por la fosa que transpiraba a través de las tierras un dolor no llorado, el dolor sereno de una remanente que se había asomado a los sueños de su mujer, manteniéndola en vilo todos estos años, entre susurros de muertos y cosas de loca, preguntó una y otra vez sin obtener respuesta, preguntó hasta que el coronel confirmó los fusilamientos al alba y las ordenes de exterminio, dijo que él había estado allí en todos y cada uno, formando junto al pelotón, que no le quedaban amigos ni enemigos porque los había fusilado a todos, que se lo merecían, y dijo que lo volvería a hacer tantas veces como fuera necesario, pero de la fosa no dijo nada.

— Igual se los comieron las alimañas –dijo el coronel-, entonces había demasiada hambruna.

Prudencio habría de emplear casi el resto de la vida en hallar la fosa que atormentó los sueños de su mujer y que la transportaron poco a poco a las proximidades de una demencia fosfórica. Sin embargo no fue sino en los primeros años que el alcalde ansió encontrarla de corazón, y la buscó sin descanso en los chismorreos de las tardes, en las siestas de primavera, en las misas de diciembre, y al no conseguir rastro alguno acabó sondeando las tierras y sembrando de agujeros inhabitados las calles de las afueras y las callejuelas más angostas, los cordeles y las cunetas atiborradas de hierva, vaciando aljibes de lluvia muerta y comprobando que seguía sin haber ni señal de los tiempos de la guerra, pero continuó revolviendo los sueños febriles en los que volvía a la conciencia creyendo haber atisbado los amaneceres de fusiles, siguió consultando las cartas astrales de las viejas arpías del lugar, y hasta llamando a los ciegos de las últimas batallas congénitas para que indagaran en las tinieblas, y aún así no halló nada. Mientras, en los peores años desde que arribó, tuvo que aguantar los sueños en los que Micaela despertaba asfixiada por el hedor insoportable de los cuerpos abotargados por la descomposición, y tuvo que ver cómo la perseguían durante las madrugadas de los días siguientes mojándole las vestimentas y obligándola a desvestirse por aprensión. Decía su mujer que los olores de los cadáveres venían del exterior y se colaban por las rendijas de las puertas y las ventanas del caserón que construyeron para ellos, y se colaban también en sus sueños igual que un frío tardío de febrero, y la zarandeaban hasta despertarla y dejarla abandonada en la podredumbre del recuerdo. Aún así podía agradecer que dormía, poco pero dormía, y aunque los días en que deambulaba desnuda por las estancias desprendida de todo ropaje parecieron acercarla a la cordura, la costumbre de sentirse recluida sin poder acudir a ningún lugar la distorsionó tanto que acabó por pedirle a su marido que plantara un bosque de eucaliptos en las afueras junto a las bodegas de vino, para que filtrara los olores de muerte y los acariciara con la suavidad de sus hojas perennes, apaciguándolos de su propia intensidad, y Prudencio accedió con tal de ver a su esposa recuperar sus ropas y salir de los muros del caserón, y contemplar de nuevo la luz de septiembre, y olvidarse de los olores a muerte que la despertaban de los sueños cada mañana. Aunque no todos acabaron creyéndolo, muchos dijeron que los árboles animaron a Micaela a dejarse ver por el mercado meses después, haciendo los recados ella misma, sin la ayuda de una servidumbre que por aquel entonces no se aventuró a acompañarla más allá de las acequias donde lavaban las ropas sucias, y que hicieron parecer a la mujer del alcalde la gran matriarca que nunca fue, dueña de su propio hogar y de su propia familia. En octubre, por segunda vez en poco tiempo y tras desanidarse de las atenciones que requirió su esposa, el alcalde se empecinó en hallar la fosa de todos los males con mayor ahínco si cabía, y miró de nuevo en las conversaciones que doblaban las esquinas, en las coronas de flores que amanecían colgadas de los muros del cementerio, en los largos domingos al sol, y con esas mismas, mandó también mirar dentro de todos los armarios empotrados, bajo de las camas, encima de las mesas, en los sotanillos, cuadras y cambras, y dio órdenes de escrutar los tejados, levantar los pisos, picar en los muros entre medianeras y preguntar a todo aquél que hubiese desprendido la mínima sospecha de saber algo, pero aún después de compartir su fiebre y su determinación con los más escépticos, después de revolver el mundo y ponerlo del revés para luego dejarlo en su sitio, aún después de sollozar abrumado por la incapacidad de hallar la más mínima evidencia de la realidad de una guerra, mucho después, no la encontró.

Los años en que Micaela consiguió dormir hicieron pensar al alcalde que todo había terminado, y aunque se vio atareado con la odisea de buscar una fosa perdida en la alteración de los sueños de su esposa, en cierto modo también él descansó de una tortura incomprensible que lo llevaba a envejecer de insomnio con una celeridad tan extrema que el día en que se engalanó para el entierro del boticario y se miró reverberado en el espejo del salón, creyó que estaba vislumbrando el futuro. Antes de salir, se ajustó el nudo de la corbata al cuello, repasó el abroche de los botones de la camisa almidonada y se despidió de su mujer como en los mejores tiempos, y cuando después de acompañar al muerto arribó al extremo de la calle donde dispusieron el ataúd, y se colocó el primero de la fila por donde habrían de pasear los familiares en señal de duelo y respeto, caminando calle abajo y luego calle arriba otra vez, acudieron a buscarlo con prisas de gamo para comunicarle la realidad de los años que le quedaban por vivir: a su mujer la habían encontrado en el cementerio que mandó reconstruir perdida por las callejuelas de adoquines y hablando con nadie. Pero aquel día era el primer día de una relación interminable de días en los que Prudencio tuvo que soportar entre muchas otras cosas que las fachadas se enlutaran de negro con tinta de cefalópodos traída de los mares del norte, y firmar de puño y letra el internado de su mujer durante casi once meses en el convento de las monjas de clausura, y permitir toda clase de conjuras y de exorcismos practicados por clérigos, y hasta sucumbir a las peticiones de alicatar los dinteles de las balcones con imágenes de santos y vírgenes y cristos, y todo para comprobar que al contrario de lo que le había jurado y perjurado Micaela, no la calmaba el dolor de unos sueños tan sobrenaturales que causaban miedo en los demás. Después anduvo en discusiones con don Luis Alarcón durante meses al persuadirle de que permitiera descolgar las campanas del campanario y cambiarlas por otras mayores, pagadas por él claro, para que con el repiqueteo espantaran a los muertos perdidos que se colaban en su alcoba todas las noches, y le imploró hasta que obtuvo su consentimiento, y sin mediar más días se hallaron en la refriega de tener que bajar para luego subir las descomunales campanas de cobre oxidado mediante poleas y cuerdas, y cuando estuvieron allá en lo alto doblaron una semana completa, de lunes a domingo, y Micaela sintió un falso alivio que se disipó poco a poco en el discurrir de las horas y sintió también los tambores en el corazón de hojalata, que la estremecieron como siempre y la convencieron de que nada había servido en todos estos años para contener los miedos que la atormentaban, ni siquiera cambiar las antiguas campanas por otras nuevas. En esa época, el alcalde hizo y deshizo lo que su esposa pidió y a nada se opuso, pero su paciencia se agotó el mismo día en que a Micaela la desvelaron de su desvelo los olores a geranios, que subieron por la cuesta de la panadería hasta la replaceta, y tras enredarse en las escalinatas de la iglesia descendieron a sus sueños inhóspitos, y le revelaron la tragedia de la muerte de la demente Francisca Antonia en mitad de un clamor popular que se ordenó acallar, y redescubrió la pena honda que la sepultó en la cambra, y las escrituras por los paramentos del nombre del marido que asesinaron como a un perro al alba, y halló también el rastro de un amor imperecedero que se mantenía levitando en el aire, y sintió el fantasma de Francisca Antonia deambulando entre las tumbas del cementerio como ella misma solía hacer en las mañanas soleadas, buscando a su marido fusilado y enterrado sin funerales en algún lugar de aquel cementerio que desconocía, sin poder morir en paz junto al hombre que amó, y los remordimientos se le removieron tanto a Micaela que acudió al auxilio de su esposo igual que siempre, pidiéndole que exhumara los cadáveres de ambos y los enterraran en la misma calle donde vivieron para que el alma de la demente Francisca Antonia no enfermara y acabara sin amor en una espera interminable, pero al contrario que de costumbre, no más halló el rechazó del alcalde a una petición temeraria hasta para ella. “Eso ocurrió hace muchos años” dijo Prudencio, “olvídalo”. Todavía muchos recuerdan la discusión operística que reverberó en las calles y que trasladó a los recovecos más pequeños tantas voces y de tantos registros que algunos pensaron que había más de dos discutiendo en aquellas estancias. Antes de mudarse del caserón que construyeron para ellos, el alcalde repitió a su mujer hasta la saciedad que jamás ordenaría la exhumación, que estaba harto de sus locuras de chivo, que hasta aquí podíamos llegar, ver lo inimaginable, un enemigo de guerra y la demente de su esposa sepultados con funerales de estado en mitad de la calle, que si no había tenido bastante con mudar el cementerio de lugar, hacer plantar un bosque de eucaliptos o enlutar las casas de tinta, que si no fuera porque tenía mandado permanecer allí hasta que lo reemplazaran por vejez hace tiempo que habría emigrado a otra parte lejos de las brisas de los muertos no encontrados, lejos de las divagaciones de ella, lejos de tantas noches de insomnio, lejos de todos aquellos años en los que había compartido los anhelos corrosivos de una cama habitada por una demente tan demente como la demente que pretendía salvar del desamor, que si no era capaz de augurar lo que había tenido que soportar sin importarle el que dirán, y se lo dijo todo con el lastre de una rabia tan insoluble y acumulada, con un convencimiento tan sincero, que cuando escuchó los alegatos de ella supo que no había retorno alguno, que había estado todo este tiempo conviviendo con una auténtica loca.

— Lo que ocurre es que no sabes de dementes –dijo Micaela-.

Al contrario de lo que todo el mundo imaginó, la mujer del alcalde sobrevivió a unos años en los que los sueños se le enredaron con las penurias y las noches se le volvieron días de no dormir, y lo único que la mantuvo amarrada a la cordura fue la idea de remodelar el caserón descomunal que levantaron para poder albergar el carnaval de enseres que desbordó las calles a su llegada, en una mañana tan lejana ya en la memoria que a los recuerdos les había salido polvo. Fueron los tiempos en los que se vieron caravanas de muebles, alfombras persas y cortinas de muselina peregrinar de un lado a otro sin un lugar donde parar, esperando que la reforma concluyera, años en los que muchos trabajaron para cambiar el aspecto espectral que había adquirido la casa, en una obra desproporcionada y bajo las órdenes de una mujer que había envejecido doscientos años de no descansar, de malvivir con unos sueños revueltos que le quebraban las noches. Al caserón se le derribaron muros inútiles que no sostenían nada, se le abrieron huecos para encajar ventanales que dieran luz a los maceteros con los que se pensaba redistribuir las estancias, se le levantó el piso de barro y se le alicató con azulejo de color, se le lijaron y se le barnizaron las vigas maestras, se le engalanaron los techos con molduras y se la pintó de un azul intenso, y en el barullo de oficios que entraron y salieron de allí, todos supieron que aún a pesar de no mediar palabra con su esposo Micaela seguía mandando con una autoridad humillante. Durante el trastorno de las obras ordenó adoquinar las calles, mandó replantar los jardines y obligó electrificar el alumbrado dando muestras de haber emprendido una nueva aventura hacia la cordura, y en el revoltijo de esos meses, mando también levantar la cruz tallada en piedra caliza, que se erigió en mitad de la calle para dar sepultura a Francisca Antonia y a su marido fusilado, tal y como había exigido que se hiciera tiempo atrás, y se grabó a sus pies en bajorrelieve el año de la muerte del fusilado, y se colgó una corona de geranios y claveles para que inundaran el lugar con los mismos olores de paz que una madrugada desvelaron a la mujer del alcalde. En aquellos días de desorden y en la soledad más inesperada, Prudencio pudo corroborar que la razón vertiginosa que mantenía unida a Micaela con el mismo mundo que a los demás no iba a durar para siempre, presenció atónito cómo su esposa hizo y deshizo lo que quiso sin su consentimiento y sin que pudiera remediarlo de ninguna de las maneras, porque no es que a él le importara que remodelara la casa a su antojo, ordenara las calles o iluminara la vía, eso a él le traía sin cuidado, pero que lo hiciera mientras todos sabían que ni siquiera se dirigían la palabra era demasiado, y ni qué decir tiene lo que supuso para él verse en la obligación de asistir a la exhumación de los cadáveres de la disputa colosal que los separó y contemplar perplejo de incredulidad los funerales de un enemigo con honores de estado en mitad de la calle, rumiando por los adentros de tanto tragar y al borde de un infarto sísmico, y sin atreverse a dirigirle la mirada a su esposa no fuera a ser que cometiera una locura. Antes de septiembre de ese mismo año, después de que se marcharan los vendedores de la lotería y llegaran los temporeros a recoger la cosecha, el alcalde tuvo que recibir además el desmoronamiento emocional de su mujer, que no soportó la soledad y que acudió a buscarlo para pedirle que regresara con ella, le suplicó que la perdonara, que olvidara todas las desventuras por las que habían pasado, que no era ella misma la que actuaba sino el propio miedo, y tras llorar con una amargura insólita en la única vez que la vio descomponerse sobre sus brazos, se dispuso a confesarle que había estado recibiendo la visitas de los inquilinos de la fosa que la martirizaba, uno por uno, y que había sentido el llanto en la cercanía de unos sueños barridos por la soledad de otro tiempo, que los reconoció descender del mismo ferrocarril que los trajo a ellos, y que tuvo que atenderlos a todos, que de tantos que eran no la dejaron despertar, obligándola a permanecer durmiendo bajo la luna y bajo el sol más de tres días seguidos en los que invernó escuchando los nombres y las historias, y se lo contó todo a Prudencio igual que en los tiempos en los que se llevaban bien, y acabó por decirle que tras regresar de las profundidades de la inconsciencia había ordenado alejar la estación del ferrocarril a los pies de las montañas que sobre guardaban el pueblo, para que los inquilinos de la fosa no la visitaran nunca jamás, y Prudencio la escuchó hablar, la dejó vaciarse en sus adentros como cuando la amaba de verdad, la atendió con su mirada de ciervo y la arropó en el despecho hasta que terminó, cerrándole las manos de arcilla y abrazándola a tientas en un mar de contradicciones, y al final, después de sentirse iluminado bajo el declive de unos ojos incomprendidos, en la intemperie de su edad, supo que jamás podría rescatarla de una soledad que no dormía.

— Haz lo que quieras -dijo el alcalde-, de todas formas, siempre lo has hecho.

No pocos rememoraron la obra babilónica de la compañía ferroviaria como una hazaña sobrenatural que surgió de entre la nada y que cambió por completo el ritmo de una sociedad aletargada en las arenas movedizas de su propio tiempo, de la misma manera en que tampoco olvidaron el hormigueo de monstruos de metal que se adueñó del horizonte celeste y que devoró el relieve yermo a bocados de cuchilla. Después que el alcalde Prudencio volviera a convivir con su esposa en el caserón reformado que construyeron para ellos, la mayor obra que se recordaba prosiguió con el desembarco a través del antiguo ferrocarril de un ejército de hombres que se dispuso a succionar los tirafondos de las traviesas con herramientas no vistas por allí, que levantó los raíles hervidos por la calor y que en pocos días trasladó la vía de lugar para colocarla justo por donde dijo Micaela que debía pasar. Desde antes del otoño, casi el mismo día en que contempló anidar sobre el campanario una cigüeña desorientada, el alcalde tuvo la sensación de que vivía la vida de otro, y no fueron sino las obras del ferrocarril las que despejaron los nubarrones de su inquietud. Sumido en la claridad de las mañanas de verano en las que paseaba por el bosque de eucaliptos que él mismo mandó plantar cuando todavía era capaz de mandar, Prudencio recapacitó a cerca de su destino de hombre discernido a la labor de permitir hacer, pensó en las tardes de siesta de los últimos años a las que se retiró con tal de no saber de su mujer, en las horas de barbería aplicada, en las reuniones perdidas de caza, en todo lo que acabó apartándolo de la determinación ardiente de los primeros años en los que se moría por hallar la fosa que trastornó los desvelos de Micaela, y aunque ya no la amaba igual que antes ni la soportaba apenas con todo su arrepentimiento, sintió la pena por ella que creía desterrada desde hacía mucho tiempo, la misma pena que lo condujo a resolver la enfermedad de su mujer por los medios que fueran necesarios. La madrugada de aguas en que lo despertó el tintineo de una lluvia espesa sobre los tejados de zinc, tomó la decisión por su cuenta y riesgo de volver a buscar la fosa en un intento final que le recompensara al menos con la limpieza de remordimientos, y mandó a un pelotón de trescientos mineros horadar el subsuelo con una red de túneles trazados de acuerdo a un plan meditado en los días en los que se documentaba para dar al pueblo las abundancias de un acuífero propio, y de todas las cosas que pretendió aquella habría podido dar resultado si no hubiera sido porque después de dos años sin conocer de los mineros, muchos acudieron a la casa consistorial a quejarse de que se les hundía el suelo, a decir que sentían un eco hueco al pisar sobre los adoquines, y el alcalde, asustado ante la posibilidad de haber vaciado los infiernos y convencido como estaba de que si seguían acabarían todos sumergidos en las entrañas del mundo, ordenó parar las excavaciones. Un año antes, cuando hacía seis meses en los que no sabía nada de los sueños marchitos de Micaela, Prudencio organizó un banquete de alto postín al que acudieron los señoriítos de los alrededores, familias de buena cuna, comendadores del ejército, duques reconocidos y marquesas solteras, y en mitad de la gran parranda monumental en la que intervinieron más de cien criados y se sirvió un festival cárnico cocinado en el horno de leña, la mujer del alcalde estalló incinerada sin dar aviso y la piel se le cuadriculó de sarpullidos verde olivo, y tras reventar las tinajas de los baños en el mármol del recibidor, descolgar los cuadros y prender fuego a los abrigos de los invitados, gritó que no aguantaba más disimulando su resquemor, que allí estaba ella para contar lo que se le antojara en gana, y habló desesperada de las tres hijas de Matilde que murieron de hambre días después de que asesinaran a su madre por divertimento, que lo sabía por las sombras del cementerio que se desvendaron de la oscuridad años atrás en una madrugada de luna desamparada, y dijo los nombres de los que la mataron, uno por uno para que todos los conocieran de primera mano, y dijo también que se lo había callado hasta ese mismo momento por no volver a las disputas con su marido, pero que ahora no se podía contener más, que le bullía el regusto amargo de los insomnios igual que en las noches en que sentía la fosa bajo sus pies, que no iba a consentir que los asesinos se sentaran a su mesa, que si no fuera por su edad los habría mandado que se los merendaran los gorrinos, y en un último despecho de atormentada, blandiendo la escopeta que el alcalde usaba los domingos de caza, ahuyentó la algarabía y el desconcierto, y mientras despedía la fiesta desde los balcones del primer piso le dijo a su marido que ya nunca nadie olvidaría lo que ella tuvo que olvidar por amor.

— A partir de mañana –le dijo-, a todas las niñas que nazcan en este pueblo se las llamará Matilde.

El día en que al coronel Juan Pedro Ribalta lo hallaron por fin muerto sobre el somier de resortes donde había remugado los últimos años de una vejez dilatada, el alcalde se atragantó con las inundaciones que sufrieron los sueños de Micaela. La mujer atisbó una armada de buques partir del último puerto de mercancías hacia unas aguas tintadas de herrumbre, con las cubiertas abarrotadas de exiliados que guardaban silencio mientras miraban los muelles y los cargaderos y los diques de escolleras repletos de exiliados que no pudieron exiliarse, y que miraban con terror a su vez hacia tierra adentro, de donde provenían los rumores de un ejército que acababa de ganar una guerra. Micaela lo sintió durante la siesta. Percibió los olores de salitre llenarle los pulmones y percibió también la soledad que aderezaba el oleaje, derramándose en todas direcciones, vislumbró los buques descomunales avanzar por las aguas con una movilidad fantasmal, igual que elefantes bajo el sol, y despertó al contemplar horrorizada la muerte en las orillas al otro lado. Desde la dejadez más absoluta y en las últimas vicisitudes de una convivencia malgastada ya por los años, Prudencio tuvo que tranquilizar a su mujer una vez más, desanimado y abatido, sin recursos apenas, y pudo manejarla poco días porque las aguas con las que soñó Micaela acabaron por engullirse el centenar de buques en otro sueño. Durante meses escuchó de su mujer los peligros de las aguas de unos mares y océanos que aparecían con asiduidad en las escasas ocasiones en que conseguía dormir, y aguantó los avisos de muerte por inundaciones de herrumbre, y atendió a las premoniciones de un desbordamiento inminente de las fronteras y digirió lo que Micaela le transmitió, tan incomprensible por el sentido común que se preguntó cómo había llegado siquiera a creerlo, y así estuvo, sostenido por una paciencia irreconocible en él desde la época de la demente Francisca Antonia y renacido de tanta confusión, hasta que perdió los estribos en una mañana después de mucho aguantar y anunció a su esposa la razón irrefutable de su demencia: “aquí no tenemos mar” le dijo. Entonces fue cuando Micaela enloqueció como nunca se la había visto, mucho más perturbada que en los años en los que se preocupaban por hallar la fosa de su desgracia, y se la reconoció deambulando las calles en las noches sin luna, hablando con las sombras y midiendo el tiempo con relojes de arena lavada, y pegando carteles de aviso por precipitaciones en los rincones y entrando a las casas dando trancazos y despertando y levantando a todos de los camastros, llamándolos a su pesadilla de aguas revueltas, avisándolos del fin de los días y del ahogamiento del mundo. Por primera vez desde que arribó, cansado por el devenir de una vida de infelicidad, el alcalde hizo caso omiso a los remedios y a los alivios que surgían de los sueños de su mujer y mandó que la trataran con ungüentos de yodo y pomadas de romero, tal y como decían los que sabían de aquello que se debía haber hecho tiempo atrás, y probaron después con tantas enmiendas que en la vorágine descubrieron que no sabían cuales eran los males por los que comenzaron a tratarla, y Micaela, rodeada de hiervas, minerales e innumerables recipientes en su lecho nupcial, se levantó en un respingo alborotada por el circo de curanderos y médicos que bullían por la casa y los despachó uno por uno, y tiró por las ventanas a las calles cada medicina que se encontró a su paso, cada mueble, y sin vestirse apenas, corrió a buscar a su marido en mitad de la hora del almuerzo para repetirle lo que había repetido a todo el mundo durante cada noche en los últimos dos meses.

— Da igual que no tengamos mar –dijo-, lloverá hasta que lo tengamos.

Las precipitaciones aparecieron el domingo mojando el escepticismo del alcalde y anegando las calles de charcos. Los caminos pronto se convirtieron en barrizales saturados de cosas inservibles, de arboleda mezclada con arcilla y de animales muertos, los barrancos comenzaron luego a llorar riachuelos saltones y en los aljibes se oyeron con más intensidad que en cualquier otro lugar los ecos de la lluvia. A las seis de la tarde, tras dos horas en las que el cielo se desplomó como si hubiesen puesto los océanos del revés, la lechada de barro se transformó en un torrente pedregoso que abrió postigos y barricadas, transportando en sus entrañas cadáveres de gallinas y de corderos, y las aguas subieron escaleras y derribaron paredes, y la colada de enseres que brincó por encima de los tejados arrastró cadenas y arados y trajo del cementerio los huesos que en su día se exhumaron y por un momento se pensó en el diluvio bíblico de los tiempos del arca, y después de engullirse el mundo entero, cuando parecía que el mar desaforado en que se habían convertido las precipitaciones del domingo los tragaría a todos en un eructo final, dejó de llover. En los cuatro meses que tardaron las aguas estancadas en discurrir por los albañales hasta las ramblas aparecieron enfermedades de las oscuridades del pantano, crecieron cañaverales, pasaron cocodrilos, serpientes y tortugas, y resucitaron las olores de podredumbre de los sueños lejanos de Micaela, y muchos murieron de hambre, y la mayoría se encontró contagiado de un frío húmedo desconocido hasta entonces, un frío que se enroscaba en el tuétano desde las madrugadas hasta que salía el sol, y se vieron cuerpos hinchados flotando a la deriva con refriegas de pájaros sobre las tripas reventadas, y se escuchó el rumor de las olas en las tardes de viento, y se descubrieron acantilados en los muros más altos de la iglesia, y cuando al fin se volvió a pisar suelo firme se halló una soledad tan grande que ya nadie pudo siquiera moverla de allí. Los que sobrevivieron a los sueños de Micaela recordaron sin embargo el primer día en que brilló el sol sobre el lodazal, las banderas acartonadas a media asta en los balcones de la casa consistorial en señal de duelo, las caracolas bajo el barro reseco y las conchas pegadas a las fachadas entre algas descolgadas y batracios, recordaron también las aves carroñeras devorando las sobras de las inundaciones y el campo de cruces que se levantó mientras se ponía orden al desorden en mitad del desastre, con la mujer del alcalde comandando la fiesta. A finales de octubre, después de limpiar los últimos escombros que dejaron las precipitaciones, Micaela confesó que esas mismas noches había estado durmiendo de tirón sin nada que la desvelara, que era como si hubiera regresado a los días en que sentía una paz interior desahogada, igual que en el momento de arribar a éste lugar, pero que en las últimas noches, desde que todo volvió a la normalidad, sentía que tornaba a lo de siempre. Antes de perder el amor de su marido, durante el periodo en que durmió postrada a los algodones de una cama de martirios innumerables siguió pidiendo lo que la sinrazón le susurró, y con esas pobló de caballos salvajes las calles, degolló los puercos más bravos en el día de año nuevo, y cerró las destilerías de anises de las afueras, y todo sin ninguna explicación por su parte a Prudencio, sumida en la contradicción de decirle que ya no soñaba con ningún muerto, que ahora atisbaba el futuro a través del pasado. Al alcalde no le importaron desde entonces las debacles demenciales de su mujer y se retiró a la tranquilidad de las tardes de cartas y de dominós con los pocos amigos que le quedaron a la vuelta de tanto tiempo, y ataviado con las cosas de viejos en el ocaso inevitable de su vida dejó discurrir los años con la esperanza de vivirlos en la soledad más íntima. Después de haber estado expuesto a la intempestiva locura de su esposa, después de haber asumido su calvario concertado, la dejó a la deriva de los días, sin acudir ni recurrir sus peticiones, ya no le importaron las extravagancias de anciana insufrible ni los remiendos de última hora, pidió que no lo aburrieran con las ocurrencias inagotables de una demente que lo había arrastrado hasta la vejez con el despropósito de creerla insalvable, reiteró que no lo distrajeran por si acaso le arribaban las ganas de amarrar la maleta y perderse en el olvido, y cuando vinieron a contarle de su esposa unas veces los desatendió y otras en cambio los ignoró, y las pocas ocasiones en que escuchó permaneció imperturbable, solo esbozó una sonrisa la mañana en que le dijeron que Micaela había mandado recoger los huesos desperdigados en las calles, los mismos huesos que las precipitaciones desenterraron durante la época en que existió mar, y que ordenó depositarlos en otro cementerio tan alejado que muchos no acertaban a recordar el lugar exacto donde se dispuso, y la tarde de febrero en que lo avisaron del fallecimiento de Micaela ni se inmutó, se limitó a seguir la partida de dominó que llevaba empezada, ni siquiera mostró el más mínimo estupor cuando le repitieron que la habían encontrado en la cama sin vida cubierta con ramas de eucalipto, el alcalde no les creyó, les dijo que lo más probable es que estuviera durmiendo las horas que no había podido dormir en todos estos años, que los había engañado a todos como si fueran chiquillos, y cuando después de dos días volvieron alertados para contarle que no, que de verdad que andaba muerta, que no hacía falta más que sentir el frío glacial que transpiraba su cuerpo a través de las sábanas de eucalipto y que no se explicaban cómo había podido dormir aquellas dos noches junto al cadáver de su esposa sin darse cuenta, sintiendo el frío a su lado, sin que lo perturbara la olor insoportable a podredumbre que emanaba a estas alturas, solo entonces el alcalde levantó la mirada de la mesa y mostró unos ojos profundos, refugiados en la soledad del reflejo metálico del atardecer, y por una vez en todo su mandato y tal vez en toda su vida, volvió a decir las cosas igual que en otra época, para que lo entendieran.

— Déjenla dormir, coño –dijo-. Si acaban despertándola les aseguro que volverá a las andadas.

Muchos no olvidarían el helor antártico de la mañana del entierro, tan parecido al frío clandestino del día en que arribaron Prudencio y su mujer que los pocos que apenas lo recordaban creyeron vislumbrar de nuevo el carnaval desplegado de enseres y el borboriteo de la muchedumbre arropando las calles. La misa empezó antes de las ocho, temprano para lo habitual, y después de tres horas interminables se mezcló con el albedrío de la plaza que aguardaba paciente para contemplar el cadáver en su ataúd. Muchos no supieron nunca que a la mortaja tuvieron que vaciarle las vísceras para cortar la hedentina, y que la rellenaron con hojas de eucaliptos y romero y tomillo, y que la bañaron en formol para limpiarla, y que la peinaron como si del día de su boda se tratara, y que la vistieron con un vestido especial que tejieron para ella durante la misma noche, y que la maquillaron para quitarle el color de la muerte, y que la aderezaron con flores de invierno traídas de lugares lejanos, y todo para que aparentara estar más viva que cuando lo estaba. En el transcurso de la ceremonia hubo tiempo de sobra para rememorar los milagros de Micaela, los conocidos y también los inventados, las locuras que acabaron cruzando fronteras y la redención de los enemigos de guerra, todas ellas narradas con el fervor apocalíptico del obispo que acudió a oficiar los funerales en un sermón histórico. Afuera lloraban las mujeres, unas con un llanto aprendido de antaño y otras conducidas por la certeza de estar ante una santa irrefutable, y lloraron durante la romería hasta el cementerio, en un peregrinaje incierto que se alargó más de cinco horas porque muchos no recordaban dónde había ido a parar el cementerio después de haber sido cambiado en dos o tres ocasiones, en un viaje al que acudieron cuatro bandas de música que tocaron y tocaron turnándose cada hora, y veintitrés guardias montados a caballo encabezando la marcha, y dos tropas del ejército custodiando el ataúd, y el obispo que ofició la misa, y el párroco don Luis Alarcón y el mismo alcalde, todos ellos bajo el palio igual que en las procesiones, y también iban los que sobrevivieron a las inundaciones y centenares de desconocidos a los que nadie se preocupó de preguntar de dónde procedían, y todos arribaron al cementerio después de una travesía increíble por montes y quebradas, al cementerio donde concluyó el funeral excepcional con el entierro de Micaela en el panteón de familia, y todos dieron el pésame a Prudencio antes de retornar a sus vidas, y todos coincidieron años después en que para el alcalde Micaela llevaba muerta siglos ya, casi desde el mismo día en que descendieron del ferrocarril envueltos en un carnaval incontable de enseres. Horas más tarde, cuando no quedaba nadie junto al panteón donde acababan de enterrar a Micaela, el alcalde Prudencio se dispuso a abandonar el cementerio para regresar a sus partidas de dominó y a sus días de soledad merecida, se abrochó el abrigo comenzando por los botones de arriba y terminando por los de abajo, agarró el cayado por la empuñadura metálica y peinándose las greñas desmelenadas por las ráfagas de viento se encasquetó el gorro de pana, y antes de despedirse del lugar, mientras miraba la hora en su reloj de bolsillo escuchó que alguien preguntaba por él en la misma puerta de salida, lo contempló caminar sobre la hojarasca revuelta hacia allí, con una osadía que le recordó a los años en los que creía que las cosas podrían haber sido de otra manera, y cuando lo tuvo lo bastante cerca como para sentir su respiración herida de vejez lo escuchó con atención palabra por palabra, lo oyó contar que él era el muertero del pueblo en la época en la que el coronel Juan Pedro Ribalta era capaz de matar a un hombre de un mordisco en la yugular, y le contó también que él estuvo allí, moviéndose entre las sombras, recogiendo los cadáveres y limpiando los ríos de sangre, que era cierto que existía una fosa de fusilados, que no se los habían comido las alimañas y que desde entonces los olores de podredumbre no le dejaron dormir apenas, y cuando terminó de hablarle, asfixiado como estaba se derrumbó con todas las noches de insomnio que se le presuponían, y le confesó entre llantos que tuvo que abandonar aquellos lugares para poder vivir en paz, alejado de los remordimientos alborotados en las madrugadas de frío, que tuvo que marcharse a otra parte para dejar de sentir el estremecimiento crónico en la boca del esófago, y que no se atrevió a venir a confesarle hasta mucho después de las inundaciones, pero que arribó tarde, por eso estaba allí ahora, para desahogarse las culpas de otros, para poder dormir sus últimos días, y cuando Prudencio le preguntó dónde estaba esa maldita fosa que los había tenido a todos condenados a las mazmorras del desvelo, él respiró con el alivio del que se sabe salvado de un mundo de soledades y contestó lo que el alcalde ya se temía desde los tiempos en que se cambiaron los raíles de sitio.

— En el único lugar donde no buscó –dijo el muertero-, bajo los cimientos de su propia casa.

el orador sobre el páramo -2006-