—Jamás se olvidarán de usted –dijo el fotógrafo-.
El eco de aquellas palabras rescató por un instante a Dolores de la soledad intempestiva a la que había estado encadenada durante cuatro años. Luego respiró despacio. Pero el aire viejo en sus pulmones la devolvió a la realidad. El frío hacía creer que el otoño sería inamovible.
—De mí ya se olvidó la vida hace tiempo –contestó Dolores-.
Un remolino de hojas secas barrió la tierra de las calles descarnadas levantando una polvareda molesta. Los olores otoñales, abrigados por el recuerdo, se mezclaron de nuevo con la tristeza de una soledad que todavía guardaba su rastro en aquel pueblo.
—Una fotografía es una vida –agregó el fotógrafo-.
El rostro anciano de aquel hombre se relajó al esbozar una sonrisa completa. Después bajó el trípode y apoyó su cuerpo en él, a modo de bastón. Sus ojos estaban llenos de años y sus dientes repletos de vacío.
Dolores se limpió las manos en el delantal manchado de cocinar y se desenredó como pudo de la mirada fija del fotógrafo.
Contempló cómo la hojarasca se detuvo en su portal sin ninguna intención de volver a moverse y pensó que más tarde tendría que barrerla. No sabía por qué todas las tardes el viento le traía las hojas secas a su postigo. Creía que buscaban el lugar más triste.
—Está bien, hágame la fotografía –dijo Dolores-. Por lo menos ayudará a que no me olvide de mí misma.
El viento se convirtió en una brisa suave que depositó los sedimentos del otoño. Dolores se dio media vuelta y caminó sobre un lecho ocre de hojas muertas hasta la puerta, sacó la llave del bolsillo del delantal y abrió.
—Pase –dijo-.
El fotógrafo deslizó su cuerpo escuálido a través del umbral y se adentró en una casa que olía a salitre y a tierra mojada. Dejó la cámara, el trípode, el mural y el equipaje restante sobre la mesa astillada de la entrada y cuando se incorporó halló una oscuridad ahogada que procedía de años atrás. Tuvo la impresión devastadora de que la casa parecía un cementerio en sus adentros.
Sin pedir permiso a Dolores, el fotógrafo husmeó todos los rincones, los conocidos y los que nadie había pisado nunca, movió los muebles, levantó las alfombras, abrió las puertas y las cortinas y llegó a la conclusión aterradora de que en las tripas de aquella casa no había luz alguna.
—Señora –dijo-, la casa se le muere sin remedio.
El oficio de fotógrafo no parecía ser tan antiguo como los huesos de aquel hombre. Pero la ropa que usaba tendría casi la misma edad. Daba la impresión de haber vivido siempre con la misma indumentaria.
El fotógrafo se acercó a la mesa astillada. Abrió la maleta desgastada por los golpes y sacó una colección de velas, cirios y lámparas de aceite digna de la mejor catedral. Ordenó todos los objetos con un proceso minucioso.
—Estos muros necesitan la claridad del día –dijo.
Luego el fotógrafo se dirigió al patio techado y después de comprobar desde todos los ángulos la iluminación precaria del habitáculo, le dijo a Dolores que aquél lugar era el mejor para preparar su estudio.
—Incluso con la luz tímida de las lámparas no puedo asegurarle que vaya a desaparecer la tristeza en esta casa –dijo el fotógrafo-.
Dolores conocía los milagros de la fotografía de oídas. Siempre le había tenido miedo, incluso después de ver los resultados sorprendentes en muchas fotos de otros. Pero si en aquella ocasión había aceptado a someterse al rigor de la fotografía fue por arrepentimiento.
Desde el día en que arrestaron a su marido para llevárselo como preso político de una guerra inútil, no durmió tranquila. Hubiera querido tener un retrato para su marido. Hubiera querido tener una fotografía para dársela en el mismo momento en que se lo arrebataron de su lado.
Dolores estaba atormentada. Malvivía con el único pensamiento de que su marido moría encarcelado en algún lugar olvidándose de ella. Tal vez llegara a morir sin verla. Sin recordar su rostro. Y mientras, ella estaba allí perdiéndose en una soledad desnuda. Incluso, cabía la posibilidad de que ella muriera en los intestinos de aquella maldita casa en tinieblas, esperándolo sin medida.
Pasaba horas pensando que él no llegaría a tiempo de contemplarla, de volver a recordarla tal y como era. Fue por eso que decidió recurrir a la fotografía. Por miedo a que su marido regresase del olvido y la encontrara enterrada en aquella casa, sin una imagen y muerta de soledad.
—Usted es todavía muy joven –dijo el fotógrafo-.
—No tanto como cree –apuntó Dolores-.
—Mire –dijo el fotógrafo-, la fotografía es como asomarse en un espejo, pero con la certeza de saber que el tiempo no te saca las arrugas de la cara.
—¿Y las del corazón? –preguntó Dolores-.
—El corazón envejece con los recuerdos –contestó el fotógrafo-, y contra eso la fotografía no puede hacer nada.
La casa aún conservaba los olores a tierra húmeda del marido de Dolores. El fotógrafo los percibió a los pocos minutos de entrar. Y percibió también que eran esos olores los que la atormentaban.
—No desespere –dijo el fotógrafo-, volverá.
Algunas hojas secas de la hojarasca se habían acumulado en los rincones del patio techado, y daban la impresión inequívoca de haber sido llevadas allí por un otoño muy posterior. Había casi una veintena de maceteros vacíos, apilados unos encima de los otros, formando columnas. El salitre en los muros rezumaba como un grito en la neblina y las dos poltronas cubiertas de polvo parecían seguir ocupadas por el recuerdo de una vida que no fue.
—¿Cómo desea usted aparecer en la fotografía? –preguntó el fotógrafo-.
—Igual que me recuerda mi marido –contestó Dolores-.
El fotógrafo la miró de cerca con sus ojos cansados, y halló como antes no lo había hallado, el acantilado insalvable que rodeaba a Dolores. Sintió correr el dolor opaco de ella en su mirada a la deriva y supo sin lugar a la menor duda que aquella mujer estaba herida de muerte.
—Su marido la recuerda igual que un cisne celestial –dijo el fotógrafo-.
El olor a tierra mojada se hizo entonces más intenso. Casi tanto como el dolor en aquel lugar. Pero luego fue desapareciendo hasta dejarlos a ambos abandonados en el patio a merced de la soledad abrasiva.
Un sonido vibratorio de campanas dobladas se adentró por el umbral sombrío de la casa y mimbreó las vigas hasta estremecerlas. El olor a fragilidad impregnó el lugar. Dos pájaros huyeron de la cornisa en un vuelo incondicional hacia la tarde.
El fotógrafo comenzó a colocar las lámparas de aceite y las velas y los cirios, buscando la mejor de las iluminaciones posibles, y después se adentró en las tripas de la casa. Regresó con la cámara, el trípode y el mural, y con la convicción de que la oscuridad de allí acabaría por matarlos a los dos.
—Voy a cambiarme –dijo Dolores-.
Cuando el fotógrafo terminaba de disponer el mural de fondo y de dar los últimos retoques a su estudio, Dolores apareció de nuevo en el patio vestida de blanco impoluto. Igual que una aparición celestial. Igual que un cisne.
—Esté donde esté su marido, seguro que la recuerda así – le dijo el fotógrafo-.
Dolores caminó despacio. Se situó delante del mural y contempló la escalera dibujada, con su balaustrada de piedra tallada y su jardín verde detrás. Pensó que a un lugar así nunca llegaría el otoño. Habría dado lo que fuera por estar allí.
—Mi marido me prometió un sitio como ese –dijo Dolores-.
El fotógrafo desapareció de nuevo en la oscuridad de la casa, pero no tardó mucho en regresar. Llegó con un mueble entre las manos, alto y esbelto, con forma de columnata y coronado arriba con una bandeja pequeña.
—Lo vi antes en una habitación –dijo-. Le dará equilibrio a la fotografía.
Después de guiar a Dolores en sus movimientos para lograr la posición idónea, el fotógrafo se alejó unos metros y la encuadró con las manos. Después se dirigió hacia la cámara y agarrando la lámpara introdujo la cabeza bajo la lona. Cuando miró a Dolores a través de la mirilla la encontró de pie, con los ojos en otro mundo y el corazón muerto. Había caído en la cuenta de que el otoño primerizo le había arrebatado lo poco que le quedaba.
—Mi marido no volverá, ¿verdad? –dijo-.
Dolores lloró amarga. Caminó hacia un rincón del patio y se tendió sobre el manto de hojas oxidadas de otros otoños, apartada y sin luz. La soledad lacrada de aquella casa tendría que compartirla sola.
El fotógrafo la observó en silencio. Creyó que Dolores lloraba por primera vez.
—Lo siento –dijo-.
Ella pertenecía ahora a otro otoño. Su presencia se sentía ausente. Incluso su cuerpo había acabado por formar parte de la casa, en una soledad unida de por vida. Era verdad que parecía un cisne, pero vencido.
El susurro del viento lamió los tejados del patio y levantó una sombra de hojas moribundas. Luego, recorrió el habitáculo con un gemido de papeles arrastrados y se perdió después por el quicio de la puerta.
El fotógrafo comenzó a desmontar la cámara. Él no podía salvar a Dolores de los acantilados que la rodeaban. Pensó en hacer algo. Quiso consolarla, pero cuando halló el momento en mitad de aquel otoño frío, se le vino encima la única verdad de su vida: él nunca pudo salvarse a sí mismo de sus propios acantilados.
—Usted es un hombre solitario –dijo Dolores desde las tinieblas-.
El fotógrafo notó los acantilados de ambos como luces en la inmensidad.
—¿Jamás tuvo a nadie? –resonó de nuevo desde la negrura-.
—Una vez tuve a alguien –dijo el fotógrafo-.
—¿Y qué ocurrió?
—Ella era igual que usted –dijo-, un cisne celestial.
El fotógrafo caminó unos pasos hacia la luz del estudio y contempló el rincón de Dolores. Todavía estaba sentada sobre la hojarasca.
—Odiaba los otoños –dijo-, como usted.
El fotógrafo retrocedió hasta las poltronas.
—Y amaba a su marido –dijo sentándose-, igual que usted.
—¿Y se lo arrebataron también como a mí? –preguntó Dolores-.
—Sí –contestó el fotógrafo-, en un otoño de hace ya treinta y seis años.
El brillo luminiscente de los ojos de Dolores se agudizó hasta parecer estrellas dolidas en la noche. El viento sopló de nuevo. Lo hizo con más fuerza. Entró silbando por los muros de salitre y desequilibró las llamas de las velas moviéndolas en una danza de luces opacas.
—Nunca tuve el valor de volver a verla–dijo el fotógrafo-, pensé que se habría olvidado de mí. Habían pasado veinticinco años desde que me llevaron.
Las hojas dormidas se movieron al son del viento describiendo un círculo cerrado en el habitáculo. Se elevaron con su colorido espectral y mostraron el esplendor de un otoño de soledades compartidas. Luego todo cesó.
Dolores se desenredó del velo azul de la oscuridad en el rincón y se incorporó sacudiéndose las hojas muertas pegadas al vestido. Avanzó hacia la luz del mural peinándose las greñas anidadas y contempló al fotógrafo. Sin perder su mirada marcada se colocó junto a la columnata de madera y apoyó el antebrazo sobre la bandeja pequeña. La irradiación de luz reverberó con fuerza en el vestido de Dolores.
—Mi marido se alegrará cuando vuelva –dijo-, hágame la fotografía.
Ahora la calma había ocupado el patio. Los olores a tierra mojada regresaron a la casa y se confundieron con el salitre de los muros. Todo parecía igual que antes. Tal vez la fotografía sí olvidara las arrugas del corazón.
Cuando el fotógrafo trató de incorporarse de la poltrona, notó que los años le pesaban en los riñones. Se acercó a la cámara e inclinándose se adentró en la negrura de la lona. Levantó la lámpara y la sostuvo en lo alto. Miró a Dolores a través de la mirilla y encontró el otoño en su rostro. Pero ya lejano.
—Jamás se olvidarán de usted –dijo el fotógrafo-.
el orador sobre el páramo -2004-









