La Demente Francisca Antonia

Al entierro sin funerales de Ernesto José Alcolea no acudió su esposa Francisca Antonia. Muchos la habían visto precipitarse a una enajenación sin avisos de disiparse antes de acompañar el cuerpo al cementerio. Pero no fue hasta que no regresaron a su casa cuando comprendieron que el mundo al que Francisca se había asomado no tenía retorno alguno.

La mañana de brisas ahogadas y cantos de sereno en que acudieron con perros de presa a sacar a Ernesto José de su escondrijo, Francisca Antonia había madrugado para barrer el patio. Subieron por las escaleras angostas hasta la cambra sin molestarse antes en mirar por rincón alguno. Era como si hubieran sabido desde siempre que Ernesto se encontraba justo allí. De nada sirvieron los tres años que pasó recluido en la humedad de aquel habitáculo de colañas mal podridas. Todo para que vinieran un día a prenderlo igual que a un asesino y a encarcelarlo con una sentencia de muerte para ejecutar de inmediato.

A Francisca Antonia también la apresaron, pero al contrario que a su marido no la encerraron. Después de contemplar cómo rompían todas sus macetas y rajaban los colchones de plumas, tuvo que agradecer que no más la abofetearan y la golpearan hasta el delirio en mitad de la plaza de la casa consistorial. La matrona del pueblo trabajó duro para desvestirla después de la paliza. Se vio obligada a utilizar unas pinzas para desprender la tela hundida en la piel ensangrentada. Pero no atisbó ni un quejido de Francisca. Tal vez porque le dolía más la sentencia que cayó sobre su marido: lo iban a arrastrar igual que a un perro hasta las entrañas de las afueras para fusilarlo.

Esa misma noche sería la última noche cuerda de Francisca Antonia. La pasó entre santiguamientos, esperando un milagro peregrino que no arribaba a su hora de ninguna de las maneras y retorciendo con las dos manos el rosario que heredó de su madre. En cada rincón olvidado de la casa encendió una vela y rezó una oración, y buscó un lugar donde escapar a la demencia, pero no más halló su propio destino de loca colosal.

Cuando abrieron el portón, casi a las siete, para darle la noticia, se dieron de bruces con una enorme constelación espectral de velas consumidas. Francisca Antonia los aguardaba allí, entre las luces marchitas, con los ojos abiertos de búho y el crucifijo en el pecho, pero no pudieron entrar a consolarla, porque un mar estancado de cera líquida había inundado el solado del patio.

Nada más mostrarle el cadáver embarrado de Ernesto José envuelto en sábanas, Francisca Antonia se abalanzó sobre él hasta quedar unida en un abrazo eterno. La dejaron llorar el luto a su marido con un dolor de siglos, pero cuando fueron a amortajar el cuerpo para llevarlo hasta el cementerio arremetió a bocados contra todos, protegiendo a su marido de las entrañas del olvido al que se encaminaba sin remedio alguno.

Entonces pidió que no lo enterraran, que lo dejaran allí tendido en la alcoba, y prometió que ella se haría cargo de él para siempre. Con las greñas erizadas y las carnes desgarradas por los propios arañazos, se negó a que lo sacaran de la casa, se arrastró hasta el portal con el quijal desencajado por los berridos desaforados y se aferró aún con más fuerza a su marido. Trataron de separarla tirando de ella, probaron con cuerdas y con agua hirviendo, pero era igual que tratar de separar un amor desesperado.

Cinco días después el cadáver pútrido se olía incluso desde las afueras. Tuvieron que tomar partido en el asunto las autoridades del pueblo, que nada más contemplar el abrazo imperecedero de Francisca Antonia a su marido, dieron orden de amputar el brazo por donde lo mantenía apresado. De malas maneras Francisca consintió apenas que tocaran a Ernesto José, pero aún así el hacha cortó de un tajo el miembro después de que ocho hombres sujetaran a ambos en un esfuerzo sobrenatural.

Francisca Antonia quedó entonces libre con el brazo de su marido, y entre suspiros interminables y gruñidos sordos, subió las escaleras estrechas hasta la cambra y se encerró tras un portazo que hizo caer una estela de yeso y polvo de entre las colañas. Allí se quedó en el mismo lugar en el que comenzó a morir su marido Ernesto José. Se hundió junto al miembro amputado, en el desconsuelo más descorazonador que jamás se había visto en aquel pueblo y acabó encadenada a sus demencias de chivo montañés.

El dolor acabó con Francisca Antonia poco tiempo después de quedarse encerrada en su calabozo privado, en una soledad intempestiva. La cara se le arrugó por las lágrimas que había llorado y los ojos se le durmieron para siempre de tanto mirar hacia ningún lugar en busca de su marido. Una brecha abismal se le abrió en el alma, por donde se le escaparon los días y las razones, la fe y el amparo de los recuerdos que se perdían. Escribió angustiada por todos los paramentos de la cambra con un trozo de yeso desprendido del techo, el nombre de su marido para que no se le fuera de la memoria, como se le fue el propio, y esperó paciente a la muerte con la misma calma con que espera el mar a los marineros.

Falleció en silencio, sepultada por su tristeza, y al contrario de lo que nadie pudiera imaginar, su cuerpo emanó un aroma de geranios frescos que hasta en la casa consistorial lo olieron. Cuando entraron a la cambra para rescatarla de su demencia, la hallaron con los restos del brazo de Ernesto entre las manos, acurrucada en un rincón bajo los destellos de la luz de la mañana.

Después de dar aviso al muertero del pueblo, las autoridades ordenaron recoger sus restos y exhumar el cadáver del marido amado para enterrarlo por segunda vez sin funerales junto a ella, en mitad de la calle donde vivieron, porque temieron que el alma de la loca Francisca Antonia enfermara buscando al de su esposo entre los nichos anónimos del cementerio y acabara como un fantasma sin amor en una espera interminable.

Tras el sellado de las tumbas, levantaron una enorme cruz de piedra labrada que dio nombre a la misma calle, con más altura que cualquier tejado en el lugar del sepulcro, y la rodearon con tres escalones y un pequeño jardín. Grabaron sobre la piedra, con números romanos en bajorrelieve, la fecha de la muerte de Ernesto José, que fue también el día en que murió de amargura su esposa, y colgaron de la cruz una hermosa corona de geranios frescos que todavía aún hoy emana el aroma descorazonador de la demente Francisca Antonia.

el orador sobre el páramo -2006-