La Trinchera

Marruecos, 1922

Cavamos durante tres días seguidos. El sargento nos enseñó a contener los taludes de la trinchera entibando el agujero. No quedó otro remedio más que usar maderas de árboles secos para apuntalar. Así aprendimos a trabajar con la arena y las piedras sueltas. La tierra era distinta allá abajo. Parecía del color de la ceniza. Uno no llega a tener la sensación de estar en una madriguera hasta que el olor de la humedad le reblandece los huesos. Fue como una revelación. En mitad del hervidero una humedad que asomaba. Hubiera jurado que cavábamos en una fosa común. Pero no había restos humanos. De todos modos se respiraba el aire de los cadáveres. Tal vez ese aire estaba de paso.

Nada más tocar terreno duro, el sargento dijo que bastaba de cavar. Sentí que los riñones aullaban de dolor. Casi podía oírlos. Pero no tuvimos ni tiempo de descansar. El sargento ordenó con su bronca voz podrida que amuebláramos la trinchera con las ametralladoras. Lo hicimos. Después mandó colocar al norte los sacos rellenos y el alambre enzarzado. “Protejan el jodido agujero” argumentó. Luego no quedó más que esperar. Esperamos a la noche y después esperamos al día. Pero allí no apareció nadie. Ni siquiera los nuestros.

Cuando los primeros disparos se hundieron en la arena de los sacos estábamos todos dormidos. Sonaron como a plomo ahogado. El sargento gritó “¡cabrones!”, y saltó del sueño que lo había mantenido ocupado hasta entonces. Mandó responder al ataque. Y el ataque fue respondido. Pero no sirvió de nada. El fuego de las balas se perdió en la negrura de la noche. Solo sabíamos que los disparos procedían del norte. Eso y que estábamos en una maldita tierra que no sentíamos como propia. Pero lo último ya lo sabíamos desde el principio.

Los siguientes ataques vinieron por el este, luego por el oeste y después por el sur, así que el sargento ordenó volver a colocar sacos rellenos por todo el perímetro de la trinchera. “O a esos hijos de puta les gusta cambiar de lugar o nos tienen bien agarrados por los huevos”, dijo el sargento. Tres días después sabíamos que nos tenían bien agarrados por los huevos. Los vimos. Ni siquiera se molestaron en esconderse demasiado. Detrás de cada roca y en cada maleza reseca se ocultaba un moro. Fue entonces cuando muchos comprendimos que estábamos abandonados en la inmensidad del desierto. Habíamos viajado para morir entre las balas. “Sargento” dijo alguien, “nos colocaron en mitad del infierno”. Yo pensé que en el infierno se estaría mejor.

Todos esperamos una gran batalla abierta. Al principio estuvimos sin dormir algunas noches por la incertidumbre. Luego no dormimos porque llamábamos por radio para pedir ayuda y nadie contestaba. “Tal vez no reciban la señal”, dijeron. “Malditos cabrones” respondió el sargento, “nos oye hasta la sorda de su puta madre, pero prefieren limpiarse la mierda del calzón”. Durante los días que siguieron, casi todos creímos en un acercamiento enemigo a la trinchera. Casi se podía oler el odio. Pero no se arrimaron. Estaban allí cerca, rodeando el agujero, pero no se movieron ni un metro. Los sentíamos al lado, quietos. No llegamos a comprender a qué esperaban.

Pasaron varias semanas de vigilancia mutua. Fue al mes y medio cuando el sargento le dio mayor importancia a las provisiones que al armamento. “¡¿Garbanzos?!” gritó, “¡¿sólo nos quedan garbanzos?!”. Es difícil averiguar las intenciones de alguien. Pero cuando te pudres en un agujero cenizo sin poder moverte, consigues pensar más allá. Aunque no estés acostumbrado. “¿Para cuánto nos queda agua?” atajó encabronado el sargento. Saber la fecha de tu muerte es como olvidarte de que vives. Produce cólera en el alma.

Racionamos lo que pudimos. Aún así llegó el día en que no quedó agua para nadie. Solo garbanzos. Garbanzos quedaban incluso hasta para vivir dos vidas. Pero agua no. Alguien propuso salir de la trinchera y enfrentarse a los moros. “Sería igual que una masacre de marranos” zanjó rápido el sargento. Luego dijo que ninguno saliera del maldito agujero para no provocar una estampida masiva. “Quien salga de aquí me lo fusilo por la espalda” dijo.

El primero en desobedecer la orden fue José Carmelo Díaz. El sargento ni siquiera tuvo tiempo de coger el fusil. Anduvo varios metros a toda prisa hasta que le cayeron encima unos cincuenta balazos de plomo. Los agarró todos. Aún en el suelo consiguió recoger el resto que le arribaron, que no fueron pocos. Su cuerpo desplomado sobre la tierra debía pesar como tres. Con tanto metal en la carne hubiera sido imposible levantarlo en un rescate a la desesperada. Pero a ninguno se le pasó por la cabeza salir a por el cuerpo mutilado. Desde el primer disparo sabíamos que caminaba muerto ya. Cuando el sol marchó por el horizonte llevándose la luz del atardecer, el sargento mandó cubrir los restos metalizados de José con arena. “No se entretengan demasiado” dijo.

Nadie volvió a dudar de las órdenes del sargento. Por eso cuando dos noches después dijo que debíamos arrastrarnos por las sombras igual que las culebras para buscar agua, todos creyeron en él. Aunque todos sabíamos que las sombras escondían moros. Román Bastida se ofreció voluntario. Debía tener el escozor de la sed arrapándole la lengua. El sargento le dijo que se guiara con el corazón. Pero debió guiarse con el gaznate. Antes de que amaneciera, Román volvió a la trinchera con seis cantimploras llenas de agua fresca. Dijo que colina abajo había un cañaveral.

Román Bastida hizo dos escapadas más. A la tercera salida amaneció el día sin su presencia en la trinchera. El sargento fue el primero en preocuparse. “Tal vez ese cabrón haya encontrado otro destino mejor” dijo. Cuando clareó un poco, todos comprobamos que el sargento traía razón. Román tenía otro destino. Pero no mejor. Los moros lo habían colgado de la rama del árbol más cercano a la trinchera. Lo habían atado con una maroma al tobillo y lo habían dejado boca abajo. Llevaba la piel de la barriga desgarrada, como abierta con un sable, y le colgaban del vientre todas las tripas moradas. El viento las hacía mover y le marcaban el rostro con su propia sangre.

Aprendimos que los buitres no se retrasan a una cita. Ya por la tarde había revuelo sobre el cuerpo de Román Bastida. Luego arribaron más. Parecía un festín. El sargento agarró el fusil y disparó al tumulto negro. Cayeron tres. Después se acomodó el arma entre las manos y apuntó con una suavidad excepcional en él. La bala cortó la maroma y Román Bastida se desplomó al suelo seguido de una estela de buitres cebados por la carnaza. La caída del cuerpo sonó como a desolación. Parecía que hubiese caído el peso de todo el pelotón junto, incluido el sargento.

Durante dos días no supimos si teníamos sed. No se oyó ni una palabra. El silencio es como una condena. Al principio te trae calma pero después su filo arremete contra uno. Empiezas a escuchar tu voz que viene como de lejos, y sientes que te llaman. Llegas a creer que es la propia muerte la que grita. Pensé en la avería del camión, cuando reventó el motor bajo el fuego del desierto. El ruido a resortes se mezcló con el humo blanco. Todos esperaban que yo reparase aquel enjambre de hierros. Pero tan solo era el conductor, no entendía de mecánica. Tuvimos que caminar como desterrados, hundiendo las botas en la arena ardiente, hasta que el sargento mandó cavar la trinchera.

Ahora, en el agujero, no había muchas expectativas. Morir de sed parecía la más agónica. Por la noche todos se miraban. Esperaban que alguien saliera voluntario. El sargento no se atrevía a sentenciar a nadie a marchar en la oscuridad. Así que la misma sed fue quien eligió. Manuel Fernández daba la sensación de estar más entero cuando se ofreció. Fue una sorpresa. “Denme todas sus cantimploras” dijo. Pero el sargento le arrojó tan solo dos. “Si le abren en canal por lo menos que tengamos para otra ocasión” dijo. Manuel marchó sin despedirse a través de la negrura.

No volvió. Apareció desgarrado con las vísceras amarillas colgando, en el mismo árbol que Ramón Bastida. Los buitres no tuvieron siquiera ni que mudarse. Habían empezado a arremeter contra sus restos cuando lo vimos allá arriba. “Hijos de perra” dijo el sargento. Luego cargó el fusil. “En lugar de uno, esta noche marcharán dos de ustedes a por agua”. El disparo sonó como a ráfaga de viento. Se perdió en la soledad del horizonte. “Quizá uno de ustedes dos tenga la oportunidad de comprobar si esos hijos de perra tienen las tripas del mismo color que nosotros” siguió. Después apuntó de nuevo. “Que dios nos ampare” dijo. La bala se llevó por delante a un buitre más.

A Pedro Agudo y Fermín Hernández se los tragó la noche de una luna viva. Se habían ofrecido voluntarios. Primero fue Pedro, pero hubo que esperar un día más hasta que la sed obligó a Fermín a formar equipo con él. A la mañana siguiente no aparecieron. Ni en la trinchera ni colgados del árbol. Fue la ocasión en que sentí algo de esperanza. Entonces uno se detiene a pensar. A mí no me aguardaba nada allá lejos en mi tierra. Y sin embargo la oía llamarme en aquellas noches. No recordaba el tiempo que había transcurrido sepultado en mitad del desierto. Ni siquiera me imaginaba ya cómo sabía la comida. Tan solo ese maldito dulzor a garbanzo que nos acompañaba siempre. Pensaba que una vez todos muertos, seguiríamos comiendo garbanzos secos.

“¿A dónde camina?” preguntó el sargento con un susurro que parecía casi un latigazo. Juan José Arnaiz no contestó. Se adentró en la nada de la noche. Todos conocían su destino. No pidió permiso. Ni dijo palabra. Era como si se lo llevase una convicción enorme. La ausencia de noticias de Pedro Agudo y Fermín Hernández nos había cambiado a más de uno. A Juan José el primero. “Me cago en mi madre” dijo el sargento, “no se dejen llevar por las mentiras del alma”. Ahora quedábamos cuatro en la trinchera, incluido el sargento.

Al amanecer nos despertó una tormenta de chillidos empantanados que parecían venir de otro mundo. Resonaron como a muerte pedregosa. Primero pensé que eran alaridos de perro del desierto. Luego creí que por fin habían decidido atacarnos. Pero al final, cuando pude mirar por encima de la arena, fue como ver un espejo delante. Los tres, Pedro Agudo, Fermín Hernández y Juan José Arnaiz, colgaban boca abajo del mismo árbol que los demás, pero vivos. Junto a ellos, un moro se acercaba armado con una espada monumental, arqueada igual que la luna. Su filo destelleaba con las primeras luces del día. Era igual que contemplar al mismo diablo.

Juro que no tuvimos tiempo ni de agarrar los fusiles, porque después aparecieron dos moros más. No dudaron. Actuaron rápido. Clavaron el filo de sus espadas en los vientres y abrieron en canal los cuerpos que aún gritaban como olvidados en una soledad de siglos. Metieron sus manos sucias en los vientres viscosos, amasando y buscando las entrañas. Luego vaciaron las cavidades en un movimiento casi inmediato. El golpe de los intestinos al caer salpicó de sangre el suelo y sonó como a cuerdas viejas. Luego los moros desaparecieron. Los tres cuerpos fueron dejados allí. Pedro, Fermín y Juan José continuaron llorando un buen rato, contemplando de cerca sus vísceras. Tan vivos como siempre. Gritando de rabia. Asombrados de mirarse sus propias tripas. El sargento dijo que mantenían la vida por la gravedad: “al estar boca abajo la sangre circula por la cabeza”. Yo casi no podía creer lo que veía. Pero el instinto fue casi unánime. Los cuatro que quedábamos en la trinchera agarramos las armas y apuntamos. Sabíamos que no quedaba remedio alguno. Nunca había formado parte de un pelotón de fusilamiento.

Los disparos recorrieron la distancia que nos separaba de los cuerpos y todo terminó en un silencio absoluto. Entonces supimos lo cerca que rondaba la muerte ya. Tal vez a escasos minutos. A pesar de ese silencio, todavía chocaba el eco de los gritos en mis oídos, igual que en un acantilado. No se marchaban. Creo que los cuatro los escuchábamos. Revoloteaban por la trinchera como recuerdos desvastados. Yo nunca dejaría ya de oírlos en toda mi vida. Nunca.

El sargento no dijo nada. Permanecimos callados a lo largo de todo el día. La noche transcurrió despacio, casi adormecida por los acontecimientos. Y a la mañana siguiente el sargento hurgó en los bolsillos de su uniforme hasta extraer un almanaque envejecido por la arena.

― Hoy es ocho de diciembre –dijo el sargento-.

Luego permaneció callado de nuevo durante un rato.

― González –me dijo al fin-, hoy es el día de la patrona de su pueblo.

La claridad de aquella mañana no se me olvidará. Como tampoco se me olvidará la sensación de abandono que irrumpió en el lugar al escuchar aquellas palabras. Era como si todas las cosas dejaran su importancia de un lado. Como si se desprendieran de su significado. Estábamos allí y nada más.

Ya jamás volvería a mi tierra. Entonces recordé a José Carmelo Díaz, tendido bajo un montículo de arena y cubierto por un mar metálico de balas. La mejor muerte la suya, pensé. Sin duda. En ese instante, a la luz desbordante del sol, abandoné la trinchera por primera vez desde hacía demasiados meses. Caminé con paso firme sobre la arena abrasadora hasta que comenzó a llover un aluvión de plomo a mí alrededor. Permanecí de pie, quieto. Los disparos procedían de todos sitios. El ruido era ensordecedor. Contemplaba la arena bullir bajo la tormenta de balas igual como si estuviera lloviendo sobre mojado. Pero yo no notaba ningún tipo de dolor. Continuaba allí de pie. El gorro voló por los aires destrozado y luego la intensidad del diluvio disminuyó hasta casi detenerse. Se escuchaban ráfagas perdidas en la inmensidad y voces en un idioma extraño. En aquel momento pensé en mi tierra. En las cosas que me aguardaban allá. No había recibido ningún balazo. El destino no me quería muerto en ese desierto maldito, pensé. Cogí lo que quedaba del gorro y volví a la trinchera con una sonrisa abierta.

― Jodido cabrón –me dijo el sargento-, le juro por mi madre que como vuelva a salir del agujero lo mato como a un perro con mis propias manos.

― Sargento –le dije con las lágrimas en los ojos-, estamos salvados.

Esa misma tarde, igual que ángeles de la guarda, aparecieron por el horizonte llameante decenas de soldados de otro destacamento.

el orador sobre el páramo -2005-