Las Cartas Enunciadas

A Olegario Brotons no le gustaban las noticias. En cierto modo porque no conocía otra clase de noticias que no fueran las malas noticias, escritas o habladas, que al fin y al cabo para él eran las mismas. Olegario se había pasado una vida entera entregando cartas abrumadoras, multiplicadas o solitarias, con olores de botica y olvidos en la solapa, cartas de pocas palabras o de pergaminos llorados, con la muerte por delante y el pésame final por detrás, cartas manuscritas en papel o sin papel, grabadas para siempre, perfumadas o perdidas de antemano, incluso cartas con recuerdos compartidos y repartidos; y de todas las cartas que pasaron de sus manos a las manos del destinatario, no hubo jamás ninguna que no volviera a recaer de nuevo en sus manos para ser leída en voz alta, clara y limpia. El hecho de que nadie en absoluto supiera de letras había estado matando a Olegario durante cuarenta y seis años, porque además, todas y cada una de las cartas leídas e interpretadas en los umbrales de las puertas que visitaba traían lo mismo: malas noticias.

El oficio de cartero había delegado en Olegario Brotons el oficio casual de pregonero privado. Y eso ocurrió desde que llegó al pueblo. Al principio desestimó las primeras peticiones de lectura por considerarlo inapropiado, pero con el tiempo accedió a comunicar el contenido del correo por la razón sencilla y humillante de que su trabajo habría carecido de sentido alguno si las cartas hubiesen quedado olvidadas en la ignorancia. Luego, cuando empezó a aparecer la marea de malas noticias acabó por arrepentirse de remate, e intentó abandonar las lecturas funestas que habían empezado por entonces a masticarle los hígados. Pero encontró que su destino de papeles abiertos ya se había forjado para el resto de sus días. Olegario leía las cartas durante las mañanas, con la intención de aprovechar el frío en el corazón, y trataba siempre de mantenerse en el portal del postigo sin adentrarse demasiado. Daba igual lluvia o sol, prefería quedarse a las puertas y sin recibimiento que sentirse parte de una familia ilusoria. Algunas veces había acabado aguantando el aguacero de sentimientos encontrados que provocaban sus cartas, y eso era algo insoportable para él. Por eso muchos lo llegaron a considerar como el cartero más árido que habían conocido.

Olegario no tardaría en hallar la realidad del reverso macabro de su oficio. Aunque mucho antes se había sobresaltado al comprobar la casualidad horrenda de servir siempre las malas noticias, no fue hasta el día de su renovación cuando tomó conciencia de que había llegado a convertirse en una sombra de malos augurios y en un buitre de río revuelto. No podía creer que todas aquellas cartas que leía en las mañanas de aires negros trajesen noticias aciagas y olores de vinagres amargos. El pueblo al completo terminó por enfermar de miedo a su llamada. Tanto fue así que incluso algunas mujeres lo recibieron en el postigo vestidas de luto por si acaso, o envueltas en lágrimas repentinas. También las hubo que cogieron el hábito empedernido de orar durante el horario de trabajo del cartero para intentar eludir así una visita inaplazable del correo matutino. Y todo aquello eran síntomas que hallaba cada día en cada reparto, uno tras otro. Rostros dolientes, ojos restregados, sarpullidos de terror acicalado, y sobre todo respeto servicial, mucho respeto a su voz de sepulturero en horas largas. Había días en los que se sentía un soplo de dulce aire de quinina, traidor en la lectura, que vagaba de postigo en postigo arrastrando los otoños sufridos por otros desde lugares olvidados ya por la desgracia. Pero los domingos eran si cabe los peores, para Olegario y para los demás. Recibir las heridas de las cartas en el día de descanso causaba estragos mucho mayores de los normales, tal vez por eso mismo, porque era el día de descanso. Y Olegario lo sabía. Lo supo desde el domingo en que llamó a la puerta de Nicandro Cardenales para comunicarle la muerte por enfermedad del hermano exiliado en Francia.

— Le suplico que no vuelva jamás –le dijo-, sobre todo en domingo.

Además de su situación de hombre marcado, lo que más odiaba Olegario Brotons era no conocer a las personas que escribían o mandaban escribir las cartas que él entregaba en las mañanas de tintes oscuros. Mientras leía en los umbrales de las puertas pensaba en la injusticia que suponía para él tener que comunicar las malas noticias de otros. Se sentía un arcángel condenado a repartir tristeza embarrada. Los minutos que tardaba en leer las palabras de sus cartas adquirían la dimensión de años anclados en el tiempo, y se le hacía imposible adelantar ciertas noticias por la forma en que habían sido concebidas. Algunas cartas se perdían entre papeles y papeles extensos de frases enredadas que no llevaban a ningún lugar, y hacían permanecer a Olegario hablando de lo mismo una eternidad insalvable para él. Pero no solo eso, sino que había cartas incluso que una vez concluidas generaban un estado de incertidumbre tal en el destinatario que acababa por impulsarlo a abordar a Olegario con una receta de preguntas irrazonables. Con la experiencia aprendió que las malas noticias poseían distintas maneras de ser comunicadas, y que dependiendo de las palabras empleadas, del tiempo gastado, de las pausas, de los descansos y de la entonación adecuada, el sufrimiento se hacía más liviano. Y sobre todo aprendió que las malas noticias se debían servir cortas y sencillas. Por eso decidió abrir todas y cada una de las cartas para releerlas antes de plantarse en los umbrales de los postigos, y se vio en la obligación de condensar la mayoría de ellas en enunciados escuetos, que contuvieran toda la información pero que evitaran rodeos y palabrerías no justificadas, enunciados sentidos y nombrados, como pequeñas brisas de ángeles caídos, serios y concretos, sin fisuras ni posibilidades de duda, cartas enunciadas de lectura rápida y concisa, y al mismo tiempo tan pulcras que permitieran a Olegario Brotons estar los minutos justos y necesarios comunicando dolores en las mañanas extrañas de soplos otoñales. Ese cambio fue agradecido hasta por sus propios remordimientos.

Las cartas de muertes despechadas eran las más temidas por todos. Incluso las de fallecimientos esperados. Olegario creía que comunicar tales noticias por boca suya era la mayor crueldad que podía depararle la jornada. Ese caso era tal vez el único en el que las cartas enunciadas daban paso a telegramas muy breves, donde el resto de información se perdía entre llantos hundidos y arrebatos de chivo, y en donde las palabras premeditadas de consuelo corrosivo dejaban su significado a las orillas de lo importante. Olegario mojaba las cartas que anunciaban defunciones con azafranes y heno para quitarle los olores a muerte que traían, y una vez secas, las abría para releerlas y componer un enunciado escueto pero sincero. No eran pocas veces las que sufría mientras leía las cartas, porque con los años de correo intensivo había llegado a conocer los entresijos y las vidas de otras personas, y con muchas había acabado incluso por cogerles cariño. Y de todos los nombres de difuntos que tuvo que leer Olegario, los que más le dolieron quizás fueron los nombres de los tres hijos de Arcadia María Canas, que tuvo que leer en el mismo mes de febrero del mismo año, bajo los cuchillos de hielo que rasgaban las mañanas solitarias de aquel invierno de perros, y aguantado el desplome del rostro de Arcadia María en tres ocasiones, a cual de las tres más dolorosa, y con el convencimiento solemne de que en el último de los comunicados también reveló la muerte de la propia Arcadia María Canas.

— Parece que venga usted desde el mismísimo infierno –le dijo Arcadia María-, ahora ya puede dar respuesta a esa carta con el anuncio de mi fallecimiento.

Aunque en un principio Olegario Brotons creyó que las cartas que traían muerte eran las peores, lo cierto es que más tarde descubrió que las peores, sin ninguna duda, eran las de desamores. Fueron pocas las que llegaron a sus manos, pero fueron suficientes para probar que el desamor era la enfermedad conocida más grave del mundo, que no tenía cura ninguna y que además, las cartas enunciadas para comunicarlo suponían auténticos desafíos literarios. Para que el destinatario de la noticia tuviera la seguridad científica de que lo que estaba escuchando era cierto de forma innegable, no bastaba con escribir un enunciado sencillo y corto, sino que también requería de una belleza lírica casi canónica, de lo contrario, jamás admitiría la carta de su amada como auténtica. La revelación de una ruptura desventurada constituía un arte bastante complejo y difícil de dominar, pero Olegario aprendió a comunicar los enunciados de amores convictos con soltura y comprensión, con esperanza y desasosiego, y con una seriedad administrativa tal que casi se convirtieron en comunicados políticos. Aun así, el resultado de leer las cartas enunciadas devastó por completo a Olegario. Contempló a algunos que se despeñaron delante suya por un abismo de demencia, vio a otros que quedaron anidados en los recuerdos, muchos se rindieron a la noticia con un silencio académico de sospecha, y la mayoría deambuló hacia la perdición de sus vidas con el convencimiento extremo de saberse insalvables. Olegario jamás comprendió porqué el dolor del desamor era tan distinto del dolor de una pérdida. Jamás lo comprendió porque jamás lo sintió. Pero estuvo cerca de hacerse una idea el día en que llamó al postigo de Emeterio Armidas.

— El desamor es igual que morir –le dijo Emeterio-, pero sabiendo lo que hay después: una soledad abominable.

Cuarenta y seis años ejerciendo el oficio de cartero habían abocado a Olegario Brotons a una vida de abandono sin amor, pero no fueron las cartas en sí, sino las malas noticias que contenían las que hicieron de Olegario un hombre solitario. En un principio muy pocos lograron apreciar el gran servicio aportado y su entrega en el trabajo del reparto de comunicados, y si alguna vez agradecieron los enunciados de las cartas fue por desconocimiento y no por solidaridad. Cuarenta y seis años de desprecio para Olegario Brotons, cuarenta y seis años de rechazo social por un destino de cuervo aciago, cuarenta y seis años apartado y abandonado por unas cartas necesarias, gustasen o no, cuarenta y seis años en los que casi acaban con él. Pero al final de su vida, con los años ya cumplidos, la razón de Honorio Pelayo, el cartero que vino a sustituirle, alumbró la hazaña de Olegario Brotons. Hasta que Honorio no les hizo vez que era preferible sufrir sabiendo que vivir ignorando, nadie se había parado antes a pensar que habrían hecho todos ellos con un saco atado de papeles indescifrables que emanaban olores sifónicos de muerte y encerraban aires de quinina dormida, con remolinos de palabras incomprensibles dentro, procedentes de lugares olvidados y escritas por personas desconocidas. Muchos otros hubiesen dado lo que fuera para haber sabido de la muerte de un familiar, del olvido de un amor o de la enfermedad de un compañero, les dijo Honorio, y les dijo también que lo único que le quedaba ahora al viejo cartero Olegario era recibir un agradecimiento sincero y cordial, porque había dado toda una vida a cambio de entonar con voz firme las cartas enunciadas de un pueblo sumido en el analfabetismo.

— Compadre –acertó a decir Honorio-, en estos cuarenta y seis años, ¿recibió alguna carta para usted?

— Sí –dijo Olegario-. Recibí una carta en toda mi vida.

— ¿Y qué noticias le trajo, compadre? – volvió a preguntar Honorio-.

— Malas noticias, compadre –respondió-, me mandaron la jubilación.

el orador sobre el páramo -2004-