Sin Amor sobre los Andenes

Catorce días y once horas después de su último encuentro con Emilio Beltrán en las ruinas de la ermita, Teresa Colomer se presentó en la herrería del callejón donde trabajaba él con la noticia inesperada de un retraso de casi dos semanas en el periodo. Arribó con el rostro marchito envuelto en un pañuelo de dolores y atacada por unos nervios visibles que la traían cosida por adentro. Se aventuró en su busca sin la precaución acostumbrada en su relación, bajo el amparo de las miradas de los demás, y nada más hallarlo en el tajo le abocó la noticia reciente de que andaba embarazada de casi catorce días y medio.

— Lo sé porque soy un reloj –le explicó Teresa-.

Durante los catorce días en que estuvo sin ver a Emilio Beltrán después de su último encuentro en las ruinas, Teresa no pudo conciliar el sueño, ni de noche ni de día. Permaneció en la cama nupcial de su abuela, entre maceteros de ortigas y claveles podados, perturbada por los olores sifónicos de una relación no consentida que ya duraba demasiado como para no ser descubierta. Y mientras sentía que a sus diecisiete años la mitad de su mundo se alejaba a lo más remoto del corazón, las sospechas de la fatalidad de estar en cinta le rebullían a borbotones como augurios certeros. Fue por eso que aguardó los días de rigor en la visita del periodo en aquel mes hasta estar segura antes de comunicárselo a Emilio Beltrán. Era un tiempo bastante prudente para ella.

Desde que Teresa Colomer entró igual que una aparición celestial por la herrería del callejón sin ninguna precaución, Emilio supo que sus días de amante furtivo habían llegado a su fin. Contempló el terror de Teresa en unos ojos hondos a los que costaba asomarse, la agarró por el brazo y comprendió que ya poco importaban las miradas de los demás. Quiso hablar él primero y preguntarle, pero el hielo de las palabras de ella irrumpió en la herrería como un aguacero. A Emilio entonces no le hizo falta más para decidir lo que ambos habían estado esperando oír del otro durante tanto tiempo.

— Mañana cogeremos el ferrocarril de las ocho para no volver –dijo-.

Su padre Horacio traía razón: el ferrocarril de las ocho arribaría tarde. Cuando Emilio Beltrán miró al horizonte por última vez adivinó el animal férreo sobre la vía. Todavía tardaría unos minutos en alcanzar la estación. Tal vez bastante más, pero la esperanza que guardaba desde primera hora de la mañana comenzaba ahora a desvanecerse. Teresa Colomer no arribaría nunca a aquel tren. Una ráfaga de viento descendió hasta el andén de balasto trayendo calor y la locomotora derramó luego un quejido metálico que se sintió cercano. Emilio Beltrán contempló pasar el ferrocarril de las ocho que habría de haberlo llevado a una nueva vida. Se quedó petrificado mirando su destino incierto, abandonado a una soledad incinerada, entre las traviesas y el óxido lacrado de los raíles. Después despertó. Dejó la ropa ensacada y corrió abatido los cuatro kilómetros y medio de vuelta hacia el pueblo. Corrió llevado por un amor que marchaba delante suya, un amor sin dueño ya, y solo cuando estuvo en los callejones de tierra, ante la casa abierta y vacía, atisbó la realidad de aquel día de ausencias: Teresa había desaparecido.

La buscó sin descanso. Acudió a las entrañas de la casa para llamarla a gritos durante más de una hora en la inmensidad absoluta de siete estancias deshabitadas. Luego la reclamó por segunda vez no convencido de la soledad que irradiaban los muros hasta que la voz se le perdió. Cuando se convenció de que allí no se encontraba, Emilio Beltrán deambuló igual que un moribundo sin lugar para morir por las calles, preguntando por Teresa, llorando su dolor hasta que le dijeron que la vieron marchar hacia la estación de madrugada. Y siguió preguntando hasta la tortura. Le dijeron que se había marchado del pueblo la madrugada del tres de octubre, engalanada de lino inmaculado. Le contaron que vestía un sombrero enorme, envuelto con un velo de franela gris, y el rostro cubierto por la sombra de un paraguas en plena noche. Recordaban haberla sentido por las calles, conducida por la tristeza. Y le dijeron también que no andaba sola. Le dijeron que caminaba obligada por la madre, la misma madre que la prohibió amarse con Emilio Beltrán.

Horacio Beltrán anduvo ese mismo día buscándolo. Había imaginado el tormento que arrastraba su hijo Emilio Beltrán por todos lo callejones y no había llegado a imaginárselo con toda su magnitud. La noche lo alcanzó intentando saber de él, pero no fue hasta que volvió a su casa cuando lo halló devorado por una soledad desfigurada.

— No me dijeron hacia dónde marchó –dijo Emilio Beltrán-.

— Olvídala -dijo su padre Horacio con la convicción del que sabe que los días jamás lo conducirían al olvido.

— Marchó embarazada –contestó Emilio-.

— Entonces marchó al mismo lugar a donde su madre no se atrevió a marchar diecisiete años atrás –dijo su padre-.

Años más tarde, Horacio habría querido no haber perseguido el destino de Teresa Colomer para calmar los ardores corrosivos que amenazaban acabar con su hijo Emilio desde los adentros, pero no haberlo hecho entonces habría empujado a su conciencia a no perdonarse.

— Regresaré el martes –dijo-, con el ferrocarril de las ocho.

Emilio Beltrán soñaba a menudo que volaba tan suave como una pluma a través de las nubes rosadas de la lluvia, suspendido en la brisa. Pero la mañana del martes en que acudió a la estación del ferrocarril a recoger a su padre, despertó con la pesadez del plomo verdoso. Tenía la certeza de que jamás volvería a soñar.

El ferrocarril llegó a la estación en un día glacial, salpicado de nubes de lluvia, tirando renqueante de una docena de vagones encallados en el tiempo. Respiró el último suspiro antes de detenerse sobre los raíles de acero y el olor de la madera quemada inundó el lugar. Se adivinaba una muchedumbre en cada vagón. Horacio descendió del vagón igual que si lo hubiese hecho de los mismos infiernos. Se difuminó entre el humo papal de la locomotora y avanzó por las traviesas de la vía contigua. Caminaba despacio, como cubierto por un invierno de tormentos. Era obvio que sobrellevaba el peso de la noticia. Atravesó con determinación la pradera de balasto al encuentro de su hijo. Hacía frío. Una manada de nubes corría al galope el cielo en dirección al mar. Quizá no llovería en martes.

Emilio Beltrán contempló los pasos prisioneros de su padre Horacio desde el andén. La enormidad de hierro tosió el arranque entre las costuras de los roblones y se puso luego en movimiento con una lentitud espectral. Horacio se incorporó al andén. Emilio sintió las nubes a la deriva sobre su cabeza, igual que un amor inconsciente. Cabalgaban conducidas por un frío sin lluvia hacia el mar. Igual que un amor desgarrado.

— No arribé a tiempo –dijo Horacio-.

— A tiempo de qué –contestó Emilio-.

— A su madre la encontraron ahorcada –dijo-.

Una lluvia fina los acarició. Al final llovería en martes.

— Teresa se desangró durante el aborto –acabó diciendo Horacio-.

el orador sobre el páramo -2006-