Antes de cruzar el umbral del portón hacia el patio interior, Tirso Suela recordó de golpe el sueño interrumpido minutos antes por el grito venido de otra dimensión. Estaba soñando que subía y bajaba en el caballito enfermo de un tiovivo de porcelana; casi el resumen de su vida: una vuelta en círculo para morir en la misma casa donde nació, en el mismo lugar. Llevaban pocos meses allí. Ahora la encontraba enorme y austera, no como cuando era joven, pero aún así pudo orientarse por las innumerables estancias hasta encontrar la salida del patio, a pesar de la torpeza de sus años y muy a pesar de su determinación de no correr riegos innecesarios. En la penumbra, Tirso comprobó que la tranca de la puerta estaba abierta y que las bisagras gemían al son de un viento repentino que caracoleaba a ráfagas. Sentía por las costuras de la vejez cómo transpiraba el hielo otoñal de una escarcha depositada sobre los tejados de zinc, y sentía el relente agitándole el cuerpo igual que cuando acudía a los partos nocturnos de las yeguas sin mayor refugio que una manta.
Otro grito irrumpió de nuevo en la casa como un precipicio insalvable, recorrió las colañas, descendió por los muros y acabó regresando al lugar de donde surgió. Parecía más solitario y descarnado que el anterior, como surgido de entre las profundidades del olvido. Tirso apresuró entonces el paso marcado hasta la fuente de piedra labrada y se detuvo para respirar. A su alrededor, brillaban las enredaderas bañadas por la luz plateada de la luna y una brisa inerme rezumaba de la hierva ascendiendo hasta el mirador. Fue en ese momento, mientras sentía la caricia del viento a sus pies, que contempló la realidad de aquella noche de olvidos. No esperaba hallarla allí, y sin embargo cuando la vio supo que no podría haber estado en lugar distinto. Su esposa Catalina Armentaro bailaba sobre el jardín marchito agitando el camisón, igual que un ángel evangélico. Tenía las greñas desanidadas y la mirada espectral caída en un pozo oscuro, como esperando que la rescatasen. Gritaba desde el olvido absoluto, sumida en un pasado recóndito y desdibujado. Tirso Suela se preguntó cómo no se había acordado de ella cuando despertó del viaje en el tiovivo de porcelana. Tal vez también él estuviera caminando hacia un calabozo senil, tal vez también él durmiera junto a su mujer en las orillas del tiempo o tal vez también estuviera atisbando los albores de una desmemoria irreversible.
— Quién es usted –dijo Catalina como si jamás hubiese visto a su marido.
Cincuenta y tres años conviviendo con Tirso le habían bastado a su mujer para conocerlo incluso en la negrura de la vejez. Era capaz de augurar los cambios de humor en su marido con varios días de antelación, sabía del estado de su próstata tan solo con los ecos del orín en la taza y dominaba con maestría todas y cada una de las formas de manipular a un hombre tan anciano como ella. Catalina había arrastrado a su marido por el devenir de la vida con una soltura impropia de una mujer castigada por la edad, pero durante los últimos meses, Tirso tuvo que contemplar cómo el olvido le arrebataba los años de su esposa, sin que pudiera hacer otra cosa que no fuera sentir el rumor del tiempo. Ella se había convertido en un cuerpo sin demencia ni cordura, deambulando en una tierra de nadie. Daba la impresión innegable de que caminaba por el pasado. Evocaba un mundo de niñez desolada, extinguido ya por la memoria, y recordaba aquellos tiempos increíbles con una nitidez asombrosa. Era tal su convencimiento de irrealidad, que a veces hacía creer a Tirso que era él mismo quien vivía enredado en los años, dando pasos de perro callejero. Al menos, lo único lúcido que llegaba a decir era que no quería estar sola. En ambos mundos la soledad se revelaba igual de desgarradora.
A sus setenta y dos años, Tirso Suela manejaba con gran precisión todos los vértices del carácter de su esposa Catalina. Nunca supuso un problema para él. Al contrario, la convivencia se convirtió en un camino maravilloso para encontrarse ambos en un mismo punto común. A lo largo de una vida dilatada de amarguras, había vislumbrado el ocaso de la belleza amazónica de una mujer hermosa hasta en la palabra, con la satisfacción plena de haber sentido la felicidad. Comprendió como ninguno que las mujeres tenían siempre razón, aunque uno no se la pudiera dar, y descubrió también que el amor al final de los años era justo eso, amor. Por eso, con la luz de sus vidas extinguiéndose, cuando ya no se espera nada porque no había nada que esperar, ahora junto al precipicio de los días, la ausencia de memoria y de realidad en su esposa lo dejaba casi en mitad de una soledad extraña, una soledad que el corazón no le alcanzaba a comprender.
Muchos días antes de perder los sentidos de la memoria, Catalina le dijo a su marido que esperaba la muerte con la cordura bien sana. Fue por entonces que empezó a ponerse las gotas de la ceguera con una periodicidad tal que si Tirso no hubiese cambiado la medicina por agua, habría acabado por derretirse las córneas. Llegó a pensar desde el principio en la posibilidad de una pérdida de memoria, pero una pérdida inocente, propia de sus edades, y no fue que halló el convencimiento de que se encontraba ante algo serio hasta el mismo día en que la descubrió de buena mañana peinándose las greñas escasas con un peine viejo de limpiar liendres. Contempló luego cómo había mañanas en que llegaba a desanidarse el moño hasta cinco veces sólo para volver a repeinárselo, y contempló también cómo además de perder las canas de anciana derrotada entre peinado y peinado, Catalina perdía la razón y la memoria, y era atrapada por un olvido abrasivo que la desterraba despacio a las orillas de otro mundo.
La pobre no recordaba siquiera alimentar a las gallinas del corralón de la terraza. Murieron tres de hambre antes de que Tirso cayera en la cuenta de que hasta eso había desaparecido de los recovecos mentales de su esposa. Le sorprendió tanto hallarla lavando la ropa en la pila de piedra con agua tintada de azul en lugar de lejía, que cuando poco después contempló cómo se cepillaba los cuatro dientes roídos por las caries y el sarro con un tenedor de madera no se extrañó lo más mínimo. Muchas tardes la encontraba canturreando con el canario enjaulado en el patio mientras tendía la ropa en los alambres, y luego la veía tomar el sol en la calle con la mano protegiéndole los ojos, y le parecía que todo había vuelto a la normalidad, que su vida volvía a ser la misma. Pero antes de concluir el día recaía de nuevo en su desmemoria crónica, repeinándose la cabellera canosa o precipitándose las gotas de medicina para la ceguera. En los días nublados la sesera se le reblandecía todavía más. Era entonces cuando sufría los mayores olvidos. Se levantaba del camastro y caminaba en la mañana con el camisón a por el pan y regresaba acompañada por alguien porque no recordaba el camino de vuelta. A veces se introducía en la bañera y comenzaba a gritar como una descosida porque no sabía salir de allí. Olvidaba hacer la comida, olvidaba orinar y olvidaba su nombre. Y con el tiempo olvidó también leer y escribir. Incluso lo que Tirso Suela jamás pensó que olvidaría, también lo olvidó: el jardincito que crecía en mitad de la calle de sus amores y que rodeaba la cruz de la demente Francisca Antonia, pronto marchitó sin remedio alguno por el abandono y la desmemoria de Catalina, y se marchitó hasta convertirse en un lugar desvastado por el olvido.
El desvanecimiento neuronal de Catalina arribó a una estación de no retorno cuando murió el hijo de ambos consumido por un cáncer de huesos. Semanas antes, Tirso había empleado todas las horas del día en explicarle una vez tras otra a su esposa que los dos se casaron un martes de sol injusto, que habían tenido solo un hijo, pero que éste les había dado siete nietos, y éstos a su vez habían traído de momento nueve biznietos más, y que la enorme familia vivía en el mismo pueblo que ellos. La dureza de la noticia devoró la memoria de su esposa hasta descomponerla en pasajes del pasado. Pero no la dureza de saberlo, sino saberlo en un alud de ocasiones. Lo peor sin duda para Tirso fue comunicar la muerte de su hijo a Catalina no menos de veinticinco veces en tres días, porque la pobre, sumida en mitad de un funeral antológico al que acudieron bandas de música, corales y políticos, olvidaba quién había fallecido.
A partir de entonces Catalina deambuló a la deriva temporal. Se adentró en las profundidades de la infancia hasta evocar los años en que vivió en Oran, vendiendo helados con el carrito de sus padres, en un negocio inestable en un país inestable. Le preguntaba a su marido en mitad de una enajenación absoluta por los delantales bordados de la heladería, por el carrito de dos ruedas pintado con colores circenses, y le preguntaba por supuesto quién era él y qué hacía allí en Río Salado bajo una calor mortífera en pleno invierno. Anduvo lúcida como nunca recordando todas las gentes de aquel lugar, las reales y las inventadas, y casi se le adivinó en el rostro arrugado una felicidad desconocida. Comenzó después a recibir visitas de personas muertas, y las veía a pesar de su ceguera galopante. Las hallaba en la salita, sentadas en los butacones aterciopelados, y les hablaba y les daba conversación durante horas interminables en las que Tirso escuchaba sorprendido cómo Catalina los invitaba incluso a comer. Durante la siesta preparaba café para al menos siete u ocho personas, y ponía el mantel y servía las tacitas en la mesa camilla con una amabilidad propia de una anfitriona de profesión. Y fue que algunas viudas que los visitaban acabaron por tomar café en la mesa camilla, donde Catalina conversaba sin descanso aparente con fallecidos, y comprobaron cómo todas las palabras que decía se correspondían con acontecimientos reales, aún algunos no vividos por ella.
Muchas otras personas arribaron después a la casa de Tirso preguntando por sus seres queridos. Catalina vislumbró parte de un mundo espectral al que se sintió atada desde entonces. Su marido trató de espantar la muchedumbre que se agolpaba a las puertas de la casa cada día buscando noticias y creyendo en las locuras de una desmemoriada ciega que atravesaba el tiempo de los hombres. Sin embargo Tirso no pudo luchar contra la soledad de tanta gente, y tuvo que organizar en las horas de la siesta conversaciones con su esposa que acabarían después por llenar aquel caserón enorme de todo tipo de personajes que procedían de lugares remotos e insospechados. Catalina contaba lo que su demencia le mostraba, y no tardó en confesar que atisbaba carreteras y ciudades inhóspitas, desconocidas por todos los presentes, y menos aún tardó en comunicar la presencia de hombres y mujeres fusilados durante la guerra, y de castigos no notificados, y de asesinatos y de secretos y de abortos que no incumbían a nadie y que incumbían a todos. Y fue por eso que el caserón pronto acabó por vaciarse de personas que querían esconder asuntos, y como al parecer todos poseían algo que esconder, al final Catalina acabó sentada junto a la mesa camilla sin nadie a quién contar lo incontable de otro mundo espectral de mortajas calladas y fallecidos parlanchines.
Después comenzó a no dormir. Pasaba las noches enteras acostada en el camastro junto a su marido, con el orinal humeante bajo y la lamparita encendida. Seguía sin acordarse de las cosas y seguía también sin ninguna consciencia real, pero dejó de vislumbrar fallecidos, o al menos dejó de hablar con ellos, y se sumió durante varias semanas en un silencio compartido. Tirso acabó teniendo la sensación de que su esposa había mejorado, de que quizá había recuperado de los olvidos la memoria marchita. Pero fue entonces que la encontró allí bailando en camisón bajo la luna escarchada, a punto de agarrar una pulmonía, con las pocas greñas desgarbadas y mal repeinadas con el peine de limpiar liendres, y con una tristeza súbita reflejada en la mirada sin brillo de unos ojos que jamás serían rescatados del pozo oscuro del olvido. Y después de esa noche arribó otra y luego otra y después otra. Y al final Tirso Suela tuvo que amordazarla en el camastro con unas cuerdas de tela, y atarle las manos y los pies al somier, y postrarla en su demencia a una inmovilidad que no acabó de asumir. Estuvo retozando loca, retorcida en su propio esqueleto de anciana consumida, gritando a un mundo de abandono y desolación, inquieta en su desmemoria y atrapada por su irrealidad. No se sabe los días que aguantó desencajada hasta que habló. Pidió su peine de limpiar liendres y sus tacitas de café, aseguró que de no ponerse las gotitas de la vista acabaría ciega, y antes de regresar de Oran con el carrito de los helados, lloró desgarrada por su hijo desaparecido con una fuerza descomunal, propia del dolor de mil funerales, y después, en el momento de mayor lucidez que se le recordaba, bajo una luminiscencia que hacía pensar en un resquicio de cordura, Catalina Armentaro pidió clemencia, la clemencia que no tuvo la vida con ella desde que enfermó.
— Avísenme a la muerte –dijo con los recuerdos saliéndole a borbotones-, hace años pasó por aquí y olvidó llevarme con ella.
el orador sobre el páramo -2006-









